Un niño de 9 años está tumbado en el piso frente a la entrada del centro comercial Atlantis. Está retorciéndose del dolor de muela desde hace dos dias, dice el padre. Sus hermanitos, de 7 y 5, revolotean alrededor pidiendo una moneda o un regalo de Navidad.
-Yo quiero una bicicleta -dice el de 7.
-Y yo unos patines -dice el más pequeño.
El mayor quiere que se acabe el dolor de muela. Sería el mejor regalo. Pero el padre, ese venezolano que no pasa de los 40 pero tiene la mirada vencida y triste de un anciano, no tiene para un calmante.
Si consigue algo de dinero lo usará para pagar la pieza. Debe cinco días, 25 mil pesos. Parece tan poco, pero es una fortuna para él y su esposa. Ella también está enferma. Se quedó cuidando las cosas que la casera les sacó a la calle. En diciembre. El mes de la alegría.
Hago una cita odontológica para el mayor de los hermanos. Pero ese día el cuarteto no se presenta frente al Atlantis, donde suelen pararse desde que llegaron de Venezuela. Cuentan los vendedores ambulantes que la policía los sacó de allí esa mañana. Tanta gente mendigando compone una imagen molesta para los compradores y contamina el anhelado plan de las compras.
Compradores y compras. Tanta cosa inútil que va y viene a manera de regalo en Navidad. Desde hace mucho pido que no me den nada porque nada necesito ni quiero. Hace mucho que un regalo no me cambia la vida, como cuando mis padres me dieron una bicicleta. Me acuerdo perfectamente: el corazón en la garganta, esa dicha desbordada, el sueño de ir a montar con los amigos de la cuadra al otro día.
La Navidad era sinónimo de regalos, no implicaba creencia alguna. Fue conveniente por un tiempo. Pero muy temprano descubrí que no quería estar cerca de ninguna religión. Menos cuando los que sí profesan alguna tienen tanta dificultad para pasar de la palabra a los hechos. Sentarse a oír misa lo puede hacer cualquier. Amar, en verdad amar, al prójimo como a uno mismo -aunque piense y diga diferente- es otra historia. Ni hablar del “no matarás”.
Por eso, si he de participar de la Navidad, rito de mi no-religión, debo hacerlo con una condición: procurar -en la medida de lo posible- que sea de los niños más necesitados. Los únicos que en realidad precisan de esa emoción: abrir un regalo rompiendo sin miramientos el papel y tener la ilusión que produce el juego.
Y los niños venezolanos sí que necesitan ese instante de alegría. No entienden bien por qué pero han cambiado de país, de comida, de casa, de cama, ¿habrá cama esta noche?
De ahí nace “Te amo, chamo”. Una iniciativa que busca recoger regalos de Navidad para los niños venezolanos que están en las calles de Bogotá pasando enormes dificultades. Por ejemplo, los que están tumbados en el piso, frente a un centro comercial, retorciéndose por un dolor de muela desde hace dos dias.
Los interesados en compartir un regalo con estos niños pueden escribirme a arjonaadriana@yahoo.com

