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Megaciudades africanas se adaptan a una crisis climática

Las ciudades africanas están en auge, pero serán las más afectadas por el cambio climático. En entrevistas con 30 africanos urbanitas, desde recolectores informales de basura hasta climatólogos de la ONU, DW analiza cómo se están adaptando cuatro grandes ciudades de rápido crecimiento: Lagos, a olas de calor abrasadoras; Kampala, al aumento de los residuos; El Cairo, a una sequía potencialmente inminente, y Dar es-Salam, a un tráfico asfixiante.

Hilda Nakabuye tiene 22 años de edad y faltó a clases para dirigirse a los líderes de algunas de las ciudades más poderosas del mundo. Pidió a los alcaldes que se pusieran de pie en solidaridad con los jóvenes que luchan por el planeta.

“Soy víctima de esta crisis climática y no me avergüenza decirlo”, critica Nakabuye, una estudiante de la Uganda rural que en la actualidad vive en Kampala, en una conferencia sobre el clima que tuvo lugar en octubre. Con la voz quebrada y los ojos llorosos, contó cómo su familia se vio obligada a vender sus tierras y su ganado después de que las torrenciales lluvias y los fuertes vientos arrasaran las cosechas, y la sequía secara los pozos. “Cuando nos quedamos sin dinero, fue una cuestión de vida o muerte”.

Los alcaldes se pusieron de pie.

Nakabuye comenzó a hacer campaña por el medio ambiente en 2017. Es una más de los miles de jóvenes africanos, que han tomado las calles exigiendo a los gobiernos que actúen urgentemente contra el calentamiento global.

La población urbana de África se duplicará para el año 2050 y sus ciudadanos, de los cuales tres cuartas partes son menores de 35 años, se preparan para un futuro de calor abrasador, donde el agua será más escasa, el aire más sucio y las inundaciones golpearán más fuerte y con mayor frecuencia.

Muchos ya están siendo testigos de tales efectos. Dos de cada tres africanos que han oído hablar del cambio climático dicen que ese fenómeno está deteriorando la calidad de vida en sus países, según una encuesta panafricana realizada entre 45.000 personas por Afrobarómetro. Cerca de la mitad afirma haber notado que el clima extremo se ha vuelto más severo en la última década.

“Tengo suerte de seguir viva”, dice Nakabuye en la Cumbre Mundial de Alcaldes. “No lo voy a dar por sentado, porque muere gente a diario”.

Sin embargo, a medida que la crisis climática se acelera en todo el planeta, las ciudades africanas son las más amenazadas.

En África se encuentran tres de las megaciudades del mundo. Las poblaciones de LagosEl Cairo y Kinshasa ya han superado los 10 millones. Luanda y Dar es-Salam los superarán en una década. Ciudades como Kampala, Bamako y Uagadugú (cuyas poblaciones albergan algo más de un millón de habitantes) son algunas de las de mayor crecimiento del mundo.

Con este telón de fondo, el clima se está deteriorando, lo que se traduce en un aumento de los fenómenos meteorológicos extremos. A medida que la gente migra a las ciudades en busca de prosperidad y la infraestructura se esfuerza por mantener el ritmo, los ciudadanos se ven agobiados por la marea de desechos y la contaminación producto del tráfico.

Agudizado por la urbanización, el cambio climático en África constituye una “mega presión y un mega desafío”, dice Maimunah Mohd Sharif, director ejecutivo de ONU-Hábitat, el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos. “Es necesario un cambio urgente. De lo contrario, creo que no tendremos futuro”.

Pero las ciudades están respondiendo.

“No queremos seguir escuchando siempre la cantinela de que África es la más vulnerable a los impactos adversos del cambio climático”, dice Anthony Nyong, director de cambio climático del Banco Africano de Desarrollo. “Esto es cierto, pero también sabemos que África tiene oportunidades que puede explorar para trazar un camino de desarrollo bajo en carbono y resistente al clima”.

A medida que se estropea el medio ambiente y aumentan las poblaciones , ¿cómo se están adaptando las ciudades más grandes y de mayor crecimiento de África?

Manteniéndose fresco en Lagos Nigeria

Las temperaturas en Lagos están subiendo rápidamente.

La extensa megalópolis nigeriana alberga a 13 millones de personas, según la ONU, pero las estimaciones del gobierno ascienden a 20 millones de habitantes, en función de dónde se tracen los límites urbanos. Para finales de siglo, los científicos proyectan que Lagos será la ciudad con un mayor número de personas expuestas al calor extremo en África. El cambio climático provocará olas de calor más largas, fuertes y frecuentes.

El calor puede exacerbar algunos estados de salud mental y hacer que incluso tareas cotidianas, como caminar al trabajo o acostarse, sean agotadoras.

Las olas de calor afectan principalmente a niños, ancianos y enfermos. Pero aquellos adultos jóvenes que trabajan al aire libre, como constructores y pescadores, también están en peligro. El calor extremo puede empeorar las enfermedades del corazón, los pulmones y los riñones. En el peor de los casos, mata.

Construida frente a una laguna y enfriada por la brisa del Atlántico, cabría esperar temperaturas más bajas en la ciudad de Lagos que en el resto de Nigeria. Sin embargo, un efecto de “isla de calor urbano” lo impide. Las ciudades tienden a ser más cálidas que el campo circundante porque las infraestructuras, como los edificios de hormigón y las carreteras asfaltadas, absorben el calor generado por el ajetreo de la actividad humana (cocinar, conducir, actividad industrial) y lo liberan constantemente durante la noche. Esto puede dar lugar a temperaturas siete grados mayores en Lagos que en las áreas rurales que la rodean.

Y la gente de las barriadas siente más este calor.

Las viviendas pobres y amontonadas empeoran el estrés térmico. Construidas con techos de hierro corrugado y paredes de láminas de plástico, las improvisadas casas actúan como hornos, atrapando el calor bajo el sol. En ciudades como Kinshasa (República Democrática del Congo) y Bamako (Mali), donde la mayoría de los residentes vive en asentamientos informales, el hacinamiento deja poco espacio para que sople el viento.

Moses Anjola, un bloguero de la comunidad, vive en una pequeña estructura en forma de caja hecha de tablones de madera, lona, nailon y cartón.

Como muchos lagosenses, desconfía de los esfuerzos del gobierno para urbanizar asentamientos informales. Anjola ya fue desalojado de un barrio precario y se vio durmiendo en tablas de madera bajo la lluvia, antes de juntar materiales para construirse un pequeño refugio.

30.000 personas quedaron sin hogar y 11 murieron cuando las autoridades de Lagos mandaron derribar barrios marginales en 2016 y 2017 -según un informe de Amnistía Internacional-, en una serie de desalojos en masa, en respuesta a su preocupación por el medio ambiente y la seguridad.

Vecinos de barrios precarios como Anjola, asolados por las demoliciones y en riesgo de sufrir estrés térmico por hacinamiento y por las malas condiciones de las viviendas, tienen menos posibilidades de escapar de las torturadoras temperaturas. A menudo son quienes menos ingresos tienen y no pueden permitirse aparatos de aire acondicionado ni refrigeradores. Sin acceso a agua limpia, es más probable que beban de arroyos contaminados para mantenerse hidratados.

Algunos se ven obligados a buscar árboles para cobijarse a la sombra, pero muchos han sido talados para obtener leña y materiales de construcción.

En un intento por mantener las temperaturas bajas y el aire limpio, el Estado de Lagos se comprometió a plantar 10 millones de árboles para 2020. Es uno de varios países africanos que han emprendido campañas masivas de plantación de árboles para combatir el cambio climático. Etiopía fue noticia en todo el mundo en agosto al decir que había plantado 350 millones de árboles en medio día.

La Agencia de Protección Ambiental del Estado de Lagos afirma que las autoridades han criminalizado la tala indiscriminada de árboles y ocho millones de los árboles prometidos ya han sido plantados.

No obstante, reacios a esperar a que crezcan los árboles, algunos lagosenses ya han empezado a construir su propia solución para las olas de calor.

Papa Omotayo, arquitecto y miembro fundador de la Alianza Africana para el Nuevo Diseño, está construyendo un centro de formación para niños vulnerables en Gbagada, un suburbio de Lagos. Bloques de tierra comprimida, un techo en forma de ala y aislamiento de poliestireno mantienen bajas las temperaturas y los costes y evitan la necesidad de aire acondicionado, según Omotayo.

La tierra comprimida y la ventilación pasiva del centro se basan en tradiciones arquitectónicas nigerianas, según añade el arquitecto.

La refrigeración pasiva es una forma de diseño que desvía la energía térmica que se acumula en los edificios hacia “disipadores de calor”. Para ello, es necesario excavar profundamente en tierra fría o emplear la forma de una construcción para desviar el flujo de aire. Los edificios hechos de tierra apisonada es decir, de una tierra amasada de arcilla local, arena y suelo compacto, regulan la temperatura calentándose lentamente durante el día y liberando energía durante la noche.

El retorno hacia diseños tradicionales para la construcción de edificios, que se enfrían de forma pasiva, forma parte de una una tendencia cada vez más extendida en toda África Occidental, desde Nigeria hasta Burkina Faso.

La buena arquitectura se hace localmente y no se importa de ciudades como Nueva York y Dubái, destaca Christian Benimana, arquitecto y fundador del Centro de Diseño Africano. “Desafortunadamente, el pensamiento general para hacer frente al rápido crecimiento de las ciudades en África tiende a centrarse más en estas últimas”.

Manteniéndose hidratado en El Cairo Egipto

Hace 3.200 años, cuando el Levante fue asolado por la sequía, contribuyendo a la hambruna, al desplazamiento y a la guerra, Egipto envió grano a los antiguos enemigos y crió ganado resistente al calor. Las acciones de los faraones no fueron suficientes para prevenir la caída de los imperios locales, pero según los arqueólogos sus políticas ayudaron a prolongar la vida del Antiguo Egipto.

Hoy en día, el país norteafricano se enfrenta de nuevo a la escasez de agua.

Egipto acoge gran parte del Nilo, el río más largo de África, cuyas fértiles orillas albergan algunas de las primeras ciudades del mundo. 45 de las 50 ciudades más densas de África se encuentran en el Nilo egipcio, según datos de la plataforma de investigación Africapolis. Durante milenios, los egipcios han dependido del Nilo para beber y regar sus cultivos.

Pero sus aguas nacen de manantiales sobre los cuales Egipto tiene poco control.

Es difícil conseguir agua en Egipto, un país con escasez de precipitaciones y un clima mayormente desértico. En la actualidad, ya se encuentra por debajo del umbral de pobreza hídrica de las Naciones Unidas y en camino hacia la “escasez absoluta de agua”. Egipto presenta la sexta menor cantidad de agua por persona en África.

En años calurosos y secos con poca lluvia río arriba, los efectos de la presa podrían ser catastróficos en el Nilo.

Egipto critica que la construcción del embalse limitará el agua para su creciente población, que con casi 100 millones es la tercera más grande de África, después de la de Nigeria y Etiopía. Egipto y Etiopía aún no han llegado a un acuerdo sobre el flujo anual de agua que Etiopía debería permitir río abajo para abastecer a Egipto. Las amargas negociaciones sobre los derechos del agua entre Egipto, Sudán y Etiopía han amenazado con derivar en una guerra, como ocurrió recientemente en octubre.

Incluso si se reduce el caudal, la presa podría contribuir a la seguridad hídrica a largo plazo almacenando agua en años húmedos y liberándola en años secos, si los países llegan a un acuerdo justo.

No obstante, el cambio climático, que aumentará la evaporación y hará que los patrones de lluvia sean más erráticos, reducirá aún más el suministro de agua.

En la región metropolitana de El Cairo -un área urbana de 20 millones de habitantes que se prevé que aumente en otros nueve millones para el año 2035- el crecimiento de la población pondrá a prueba la capacidad de la ciudad para hacer frente a la situación.

Los residentes de los suburbios más pobres soportan el impacto de la escasez de agua.

Suzan Ghany, periodista independiente, vive en Kafr Tuhurmis, Guiza, una ciudad situada en el área metropolitana de El Cairo. Su vida diaria está restringida por un sistema de tuberías que solo funciona durante siete horas desde la mañana temprano y por los cortes de suministro que pueden durar semanas.

“Cuando regresa el agua, se llenan botellas, sartenes, cualquier cosa que se encuentre”, expllica Ghany, quien se pasa una hora rellenando diversos recipientes para usarlos más tarde. La periodista filtra el agua para cocinar y beber y usa agua sin filtrar para limpiar, lavar los platos y el baño.

En Kafr Tuhurmis, 786 hogares ni siquiera están conectados a la red pública de agua, según datos oficiales. Dependen principalmente de agua embotellada, pozos y bombas. Tanto quienes tienen un suministro central, como Ghany, como quienes no lo tienen, han decidido buscar soluciones por sus propias manos.

Los habitantes de la mayoría de las casas han perforado en busca de agua subterránea mediante motobombas para compensar la baja presión de la tubería, según Ghany. Sin embargo, cuando los vecinos de su edificio dieron ese paso, el agua no era apta para el consumo humano. Las aguas residuales industriales y la escorrentía agrícola plagan el Nilo, con fábricas y granjas que expelen contaminantes, que manchan el río y se filtran en las aguas subterráneas. “Perforar en busca de agua subterránea es una solución, pero no a largo plazo. Se consigue agua de forma continua, pero es agua contaminada”.

En octubre, el Ministerio de Recursos Hídricos e Irrigación de Egipto organizó la Semana del Agua de El Cairo, una conferencia internacional en respuesta a la escasez de agua. El gobierno egipcio está centrando sus esfuerzos en la infraestructura, los agricultores y las familias.

“Egipto se ha puesto al día en los últimos años con respecto a la escasez”, señala Helmy Abouleish, director de SEKEM, una organización agrícola y de investigación que invierte en agricultura sostenible y que ha convertido el desierto cerca de El Cairo en un oasis fértil.“Por primera vez el gobierno está abordando este asunto en público”.

Las autoridades egipcias están construyendo plantas de tratamiento de aguas residuales para reciclar el agua, así como plantas desalinizadoras para eliminar la sal de las aguas subterráneas salobres y del mar. En El Cairo, se están instalando grifos con dispositivos que facilitan el ahorro del agua en espacios públicos, edificios gubernamentales e incluso mezquitas, donde se celebran rituales de lavado varias veces al día.

Las autoridades también están tratando de arreglar tuberías con fugas y grifos ineficientes.

Pero distribuir equitativamente el agua es tan importante como reducir el desperdicio, según Harry Verhoeven, un investigador de Catar que ha escrito un libro sobre la política del Nilo. Egipto depende del río para cubrir el 97 por ciento de sus necesidades hídricas. “Lo que oculta esa cifra, es cómo se adjudica internamente el agua”, aclara.

El 80 por ciento del agua de Egipto se emplea para fines agrarios, con prácticas ineficientes como el riego por inundación, que agrava la escasez, o el cultivo intensivo en agua, como el arroz, el trigo y los tomates. A pesar de la apremiante escasez de agua, Egipto fue un exportador neto de arroz hasta 2016, fecha tras la cual se prohibieron intermitentemente las exportaciones. No hay datos oficiales públicos, pero un informe de 2018 de la ONG Transparency International encontró que el ejército egipcio tiene “un poder incomparable sobre la tierra pública” y es propietario, a través de una agencia, de varias empresas importantes de agua y agricultura del país.

“Mientras la gente no esté dispuesta a hablar de cuestiones de distribución y de cómo en general están vinculados el agua y el medio ambiente al poder político, va a ser muy difícil progresar”, afirma Verhoeven.

¿Pueden las ciudades africanas adaptarse al cambio climático?

El tiempo se agota. Las temperaturas han aumentado alrededor de un grado centígrado desde la Revolución Industrial, y los líderes mundiales se han comprometido a mantener el aumento por debajo de los dos grados. Si el ser humano continúa liberando gases de efecto invernadero a la atmósfera a la velocidad actual, las temperaturas aumentarán unos tres grados para finales de siglo.

Cuanto más se caliente el planeta, más ciudades africanas tendrán problemas. Un mayor calentamiento podría poner a prueba los límites de cuántos árboles se pueden plantar en la ciudad de Lagos y cuánto tendría que invertir El Cairo en la desalinización del agua de mar. Las tormentas cada vez más fuertes podrían, a través de las inundaciones, paralizar regularmente la flota de autobuses de Dar es-Salam de modo que no pudiera obtener beneficios, y torpedear los esfuerzos de Kampala por limpiar los residuos que atascan los desagües.

No hay interruptor de encendido/apagado para la crisis climática.

Para limitar sus efectos, los científicos adivierten a los líderes mundiales que deben reducir las emisiones y eso incluye las generadas en las ciudades. Cien ciudades provocan el 18 por ciento de las emisiones mundiales de CO2, según un estudio sobre la huella de carbono de 13.000 ciudades que se realizó en 2018. Y aquellas con las emisiones de gases de carbono más elevadas por persona se encuentran desproporcionadamente en Norteamérica, Oriente Medio y Australia.

Esto ha dejado en manos de la política la elección entre la mitigación del cambio climático y el crecimiento económico.

“Se necesitarían grandes cantidades de energía para el desarrollo; y la mayor parte se obtendría de combustibles fósiles”, dice Precious Akanonu, investigador del Centro para el Estudio de las Economías de África. Cuatro de cada 10 africanos viven con menos de dos dólares al día, según datos del Banco Mundial, y en 2017, solo la mitad de los africanos tenía acceso a electricidad, en comparación con un promedio mundial del 88 por ciento. “No creo que sea apropiado que a los países africanos se les niegue el derecho al desarrollo”, critica.

Los subsidios de la comunidad internacional podrían compensar los costes adicionales que requiere la energía verde, según Akanonu. “Sin esa prestación, si los gobiernos africanos invierten en una fuente más cara, robarían al país un dinero necesario para su desarrollo”.

Los países ricos han prometido 100 mil millones de dólares al año a los más pobres en financiación climática para 2020. Pero sin un acuerdo sobre lo que se considera financiación para la adaptación, como la diferencia entre subvención, préstamo e inversión privada, y las incoherencias en la presentación de informes y el seguimiento del dinero, los países receptores se preguntan si será suficiente la medida.

“Hay que apoyar a los africanos para que aprovechen los abundantes recursos de energía renovable de los que disponen”, dice Nyong, experto en clima del Banco Africano de Desarrollo, “para que no volvamos al tipo de paradigma de desarrollo, que han asumido los primeros países desarrollados y que nos ha puesto en esta situación a través de emisiones muy elevadas. Podemos hacerlo de otra manera. Podemos hacerlo mejor”.

La mayoría de las personas con las que habló DW respondieron que las ciudades africanas no estaban haciendo lo suficiente para adaptarse al cambio climático. Climatólogos, arquitectos e ingenieros africanos dijeron que algunos gobiernos municipales habían adoptado políticas de adaptación exitosas, pero que el ritmo del cambio no era lo suficientemente rápido, especialmente para proteger a las personas más vulnerables de las ciudades.

“En pocas palabras, lo que está funcionando bien es la concienciación sobre el cambio climático”, dice Martin Manuhwa, presidente de la Federación de Organizaciones de Ingenieros Africanos. “Lo que no está funcionando bien es el diseño de una infraestructura resistente al clima”.

“Está sucediendo mucho a nivel comunitario, pero es necesario que se amplíe a nivel municipal para tener un impacto real”, dice Ebenezer Amankwaa, investigador del Instituto para los Recursos Naturales en África de la Universidad de las Naciones Unidas.

Pero los expertos también afirman que África se encuentra en una buena posición para “dejar atrás” al resto del mundo porque parte de su infraestructura no ha sido aún construida. “Podemos ponernos al día rápidamente y aprender de los errores que cometieron otros continentes, y construir una infraestructura resistente para el futuro”, dice Manuhwa.

África es la única región del mundo donde está aumentando el número de jóvenes. Para 2050, la mitad de su población será menor de 25 años. En la conferencia sobre el Clima de Copenhague, la activista ugandesa Hilda Nakabuye dijo a los alcaldes del mundo que su generación está asustada, pero es ambiciosa, persistente, y está unida.

“A través de interminables luchas y sacrificios nos abrimos paso, porque este es nuestro futuro”.