“Una imagen dice más que mil palabras”. Eso nos han enseñado, eso hemos creído y, por eso, somos muchos los que también hemos citado alguna vez la famosa frase.
En efecto, hay imágenes que no requieren de ningún tipo de explicación para comunicar mensajes contundentes. Es difícil olvidar la fotografía con la que Kevin Carter ganó el Pulitzer: la de un bebé famélico de Sudán y el buitre paciente que lo acecha; o la foto del marinero que besa apasionadamente a una enfermera en medio de la celebración por el fin de la segunda guerra mundial; la de la niña vietnamita que corre desnuda, en medio de un alarido de dolor por las quemaduras que en todo su cuerpo produjeron las bombas de napalm que cayeron en su pueblo; la flor dentro del cañón; el monje en llamas; el hombre frente al tanque en la plaza de Tiananmén. Hay cientos, miles de imágenes que dicen cosas de la vida y de la muerte, de la felicidad y el dolor, del horror y los milagros.
Hay fotos que hablan y dicen cosas claras e irrefutables. Pero, como es obvio, no es una característica intrínseca de todas y cada una de las fotos que se toman o publican. Hay fotos mentirosas, muy mentirosas, y no porque hayan sido trucadas o pasadas por Photoshop.
Hace unos años estuve en Lhasa, capital del Tíbet. Iba caminando cuesta arriba hacia una famosa roca sobre la cual está dibujada una imagen de Buda que tiene más de 500 años. Delante de mí iban caminando tres monjes que llamaban la atención porque, como se dice popularmente en Colombia, estaban súper engallados: los personajes vestían sus trajes tradicionales de monjes, pero calzaban tenis Nike de colores fosforescentes, llevaban relojes tan grandes que parecían de pared y no de muñeca, gafas polarizadas imitación Ray Van, gruesísimas cadenas de oro, por supuesto, al mejor estilo de las estrellas de Hip Hop: por fuera de las túnicas, y sombreros tejanos. Lo único que les faltaba para parecerse a la camioneta de un mafioso de los noventas de Cali era una luz de neón rosada debajo del dobladillo de las túnicas –en lugar de en los guardabarros – para dar la sensación de que levitaban.
Tan pronto llegamos hasta la famosa roca, uno de los monjes se paró al lado de la imagen de Buda para ser fotografiado por uno de sus compañeros. Pero, antes de permitir el disparo, se quitó los Nike, el sombrero, la cadena, las gafas y el reloj, y puso cuidadosamente en su muñeca el rosario budista para, luego, posar con cara de Cándida Eréndira mientras hacía con las manos posición de rezo frente al plexo solar. Seguramente en la foto se veía como si hubiera alcanzado el nirvana.
Aquella vez, en Lhasa, la imagen que mejor habló fue la posterior al disparo del fotógrafo. Justo después del clic, el monje volvió a poner sobre su cuerpo todas las marcas, el tiempo, el oro, el cuero, y siguió su recorrido turístico, luciendo lo que parece ser el único y verdadero dios de este mundo: el billete.
En la era digital, las fotos son lo que queremos que sean y dicen las palabras que queremos que digan. Por eso resulta tan peligroso cuando la gente postea (y a veces otros –y uno, también– irresponsablemente repostea) fotografías que no están contando verdades. O las cuentan pero a medias. O son acompañadas por textos malintencionados, incendiarios, tendenciosos, o abiertamente fachos e inaceptables.
La semana pasada, tras el asesinato de Dilan Cruz, alguien posteó una foto en redes sociales en la que aparecen tres muchachos con las caras tapadas por pañuelos. Están acurrucados, detrás de una valla metálica, protegiéndose en medio de la protesta del 21 de noviembre en Bogotá, bajo una nube de gases lacrimógenos. A simple vista no se puede saber si uno de los tres muchachos es Dilan Cruz, pero la persona que publicó la imagen escribió que si ese vándalo hubiera estado juicioso, en su casa, en vez de ser un vago y drogadicto, tal vez estaría vivo. Me pregunto: ¿qué vio esa persona en aquella foto? ¿Cómo es que esa imagen le dijo esas palabras? ¿Por qué “vándalo, vago y drogadicto”? Y ¿qué le hace pensar al autor de ese post que un vago, vándalo y drogadicto –que en realidad era un bachiller de 18 años protestando por su derecho a la educación– merece ser asesinado por un agente del ESMAD que le dispara a la cabeza –y no a las piernas, como lo indica el protocolo– un cartucho de carga múltiple?
No sé qué estaban haciendo esos tres muchachos antes o después de la foto. Ya sabemos, por los monjes de Lhasa, que el detrás de cámaras a veces cuenta más verdades que la imagen misma. Lo que sí sé es que ni con mil palabras podría decirse algo más bajo y mediocre, más cruel e inhumano, más salvaje y perverso que lo que escribió el autor de ese post. Pido al cielo que esa persona no se haya procreado ni pueda hacerlo en el futuro. Su ADN debe morir con él. Su alma poco preocupa, claramente carece de una.

