En Colombia ya no sabemos si vivimos en un Estado Social de Derecho o en una serie de Netflix escrita por Kafka y dirigida por los Hermanos Grimm. Lo que sí sabemos es que aquí las sentencias se esconden, las autoridades actúan sin competencia y los organismos de control se toman vacaciones espirituales en los momentos más críticos.
La protagonista de esta historia es la sentencia SU-275 de 2025, un fallo monumental de la Corte Constitucional que, dicho sin anestesia, dejó claro que el Consejo Nacional Electoral no puede investigar ni sancionar al Presidente por financiación de campaña. Punto. No hay comas, no hay peros, no hay notas al pie. El fuero presidencial no es una opción: está en la Constitución desde 1991, no desde ayer.
Pero esta sentencia tuvo un detalle mágico, o macabro, según el gusto del lector: estuvo lista en junio… y nunca apareció. La sentencia reposo plácidamente en el escritorio del magistrado de la Corte que se negaba a firmarla a pesar de que la sala la aprobó meses atrás. Se aprobó, se votó, se anunció en comunicado, pero el texto completo dormía el sueño de los justos mientras el país seguía andando como si nada. Una sentencia de unificación guardada como si fuera el secreto de la Coca-Cola. ¿Sería el Magistrado Ibáñez el mago de los secretos?
Mientras tanto, afuera de los muros de la Corte, el CNE seguía en modo “aquí no ha pasado nada”. Una orden cautelar le decía “deténgase”, un comunicado de la Corte repetía “usted no tiene competencia”, y el CNE, muy obediente a sí mismo, decidió acelerar. Y aceleró duro.
El 25 de septiembre, el CNE no solo sancionó a los partidos: compulsó copias para que se investigara al Presidente. Sí, al mismo Presidente que la Corte ya había dicho que ellos no podían tocar ni con el pétalo de una notificación. Pero, claro, como la sentencia completa no había salido, “nadie había leído la letra menuda”. A veces es útil no leer, sobre todo cuando uno quiere seguir adelante sin frenos.
Tres días después de que el CNE con su flamante conjuez manejado por Néstor Humberto fallara, sí, tres días después, la Corte finalmente publica la sentencia completa. Esa que llevaba meses terminada. Esa que anulaba, de un tajo, la competencia del CNE para hacer lo que ya había hecho. Esa que mostraba que el camino por el que avanzó el CNE estaba jurídicamente cerrado desde junio. Tres días después. No me diga que no parece un guion.
Preguntas que uno no debería hacer pero que el país inevitablemente hace:
¿La Corte guardó la sentencia para no interrumpir al CNE?
¿O el CNE se adelantó para que cuando saliera la sentencia ya no hubiera reversa?
¿O simplemente vivimos en un universo donde la sincronización institucional es una ficción?
La Corte no responde. El CNE tampoco. Y el reloj sigue girando.
Y cuando uno piensa que la historia no puede ser más curiosa, entra en escena la Comisión de Acusaciones. Porque ahí, el valiente abogado del presidente denuncia el entramado. Ahí reposa, desde hace tres semanas, una denuncia por prevaricato contra los magistrados del CNE y contra quienes, en la Sala de Consulta del Consejo de Estado, les dieron la bendición para actuar. La denuncia viene con medida cautelar, urgente y necesaria.
¿Y la Comisión? Bueno… la Comisión está en modo avión. No responde. No abre indagación. No pide documentos. No investiga. No mueve un dedo. Una denuncia de alto calibre institucional yace ahí, intacta, como un rompecabezas sin abrir en Navidad.
¿Por qué el representante Alirio Uribe no le cumple a la democracia y a sus votantes? ¿será otro mago como el magistrado Ibáñez?
Y mientras tanto, el país sigue viendo cómo la separación de poderes, el respeto al fuero presidencial y el sentido elemental de competencia institucional se convierten en un deporte extremo.
La conclusión, aunque suene a chiste, es seria: teníamos una sentencia que existía, pero no aparecía, una autoridad electoral que actuó sin competencia y un órgano de control que se fue a tomar un café o cantar villancicos antes de las novenas.
Sí, en Colombia la realidad supera a la ficción. Pero esta vez, sinceramente, la ficción debería pedirnos disculpas. Porque ni ella se atrevería a escribir algo así.



