En cada edición, el Festival de Literatura de Bogotá busca dar voz a quienes hacen de la palabra un territorio vivo. Este año, bajo el lema «Ma Bangaña»: Oralitura y Tradición Oral, la celebración se adentra en la fuerza de lo dicho, lo cantado y lo recordado. En ese cauce de las memorias rescatadas emerge la voz de Julián Rodríguez, artista que ha hecho del humor, la música y la observación cotidiana una forma de oralitura contemporánea.
Nacido en Sevilla, Valle del Cauca, Julián lleva más de cuatro décadas convirtiendo lo común en poesía. Su escenario es un espacio donde conviven el gesto teatral, la palabra viva y la música que nace de lo cotidiano. A través de sus canciones —que mezclan ironía, ternura y reflexión social— ha demostrado que reír también es recordar y que la voz, cuando se comparte, puede sanar heridas colectivas.
Su trabajo con miles de niñas y niños en Cali y el Valle del Cauca ha convertido la enseñanza musical en un acto de comunidad y afecto. En cada coro, en cada presentación, su canto rescata las historias pequeñas que conforman la identidad de un país diverso. Julián no solo interpreta: narra, escucha y traduce la vida en ritmo.
Esta entrevista, realizada en el marco del Festival, invita a recorrer su universo creativo: el de un artista que habita la frontera entre teatro y música, entre lo popular y lo poético; un cantor que demuestra que la tradición oral no es pasado, sino una forma viva de seguir contándonos.
María Paula Valdés: ¿Qué melodías, gritos, juegos o voces de Sevilla recuerdas como esenciales en tu formación musical?
Julián Rodríguez: Nacer en un pueblo fue muy chévere: había mucho tiempo para jugar y para hacer arte sin saberlo. En Sevilla crecí rodeado de naturaleza —cafetales con sombra, árboles frutales, flores, nacimientos de agua—; eso despertó en mí el amor por la Madre Tierra. Disfrutaba la pesca por la paciencia que exige: mirar nubes, escuchar pájaros, observar la vaca en el sendero… Esa contemplación fue una escuela: aprendí a observar y a sentir. También recuerdo los parques, donde con amigos mirábamos pasar la gente y escribíamos versos sobre lo cotidiano. Esa capacidad de pausa y observación marcó mi formación. Al mismo tiempo, en el pueblo había violencia (robos, peleas) y esa mezcla de lo bello y lo brutal alimentó mi mirada artística.
M. P. V.: Has mencionado que el teatro y la observación del contexto fueron decisivos en tu infancia. En tus shows hay un ritmo no solo musical sino corporal, donde el gesto, el humor y el tono cambian parte del mensaje. ¿Cómo concibes tu cuerpo en escena? ¿Qué de tu experiencia teatral permanece viva en tus canciones y recitales hoy?
J. R.: Vivo la “bigamia” de la música y el teatro: necesito las dos disciplinas. En el conservatorio aprendí técnica; en el teatro, libertad y dramaturgia. El teatro me enseñó a partir de la obra: cada pieza tiene su propio tiempo (puede durar diez segundos o doce minutos). Creación y técnica van juntas: estudiar no anula la libertad de crear. En el escenario el cuerpo es lenguaje —gesto, ritmo, presencia—; la dramaturgia y la concentración en la obra siguen siendo guía para mis canciones y recitales.
M. P. V.: El humor tuyo no solo busca risa: abre puertas, revela contradicciones, transforma lo que la gente observa como cotidiano. ¿En qué momento entendiste que el humor podía ser también una forma de literatura oral, de poner en palabras lo social, lo político o lo personal?
J. R.: Desde niño noté que cuando decía cosas la gente se reía; con los años entendí que la risa es una magia poderosa que genera conexión y permite decir lo que sería difícil de otra forma. En la universidad entré a talleres de teatro y descubrí que la risa puede convivir con lo serio. Empecé escribiendo canciones absurdas en privado y a estrenarlas en espacios pequeños: la gente las pidió. El teatro me dio rigor —dramaturgia y oficio— y, al mismo tiempo, la impunidad creativa para intentar cosas. El humor, bien trabajado, arma una energía colectiva entre público y escena; su imprevisibilidad es parte de su encanto.

M. P. V.: Lo que no se canta muchas veces pesa tanto como lo que se canta. Guardar algo para no exponerlo también es parte de la memoria artística. ¿Hay historias, emociones o canciones que aún no hayas presentado al público por sentir que no están listas, o que son demasiado íntimas?
J. R.: Sí. Vengo de un entorno con mucha sensibilidad social: crecí con violencia (tiros, peleas) y eso me puso desde siempre contra la guerra y las armas. Hay canciones muy frontales sobre corrupción, asesinatos y masacres que salen del alma y las guardo cuando siento que el tratamiento artístico aún no está listo. Por ejemplo, estoy trabajando una canción llamada No es una guerra, que denuncia masacres de civiles disfrazadas de “conflicto”; ese tema hiere y a veces prefiero reservarlo hasta encontrar la forma adecuada. En general conviven dos maneras: canciones de desahogo y canciones que usan el humor para acercar al público a temas difíciles; ambas requieren criterio.
M. P. V.: Muchas de tus letras parten del día a día, de lo pequeño, de lo que los demás pasan por alto. Transformar lo cotidiano en poesía es algo que impresiona, pero pocos lo preguntan. ¿Cómo seleccionas qué situaciones cotidianas merecen ser cantadas, y de qué forma las transformas en estructura musical y literaria?
J. R.: Todo nace de la observación y de apuntarlo en la libreta (todavía escribo a mano). Un ejemplo: Poema de amor nació en la playa —una pareja caminando, un coco que cae y provoca una escena absurda— y de esa imagen surgió la canción. En los centros comerciales vi dinámicas de clase y raza —la “familia ideal” adelante y la trabajadora detrás con delantal—; de ahí salen letras con ironía y denuncia. Otra línea es la corrupción: a partir de notas, entrevistas e investigación se generan piezas como La guaca. Y hay anécdotas familiares: en una fiesta surgió un reinado familiar; cuando gané decidí sacar un calendario para la familia y al mercado, titulado Pesadillas colombianas. Para convertir la observación en forma, dejo madurar la idea, la estudio, la trabajo y la traduzco a la estructura adecuada: a veces una canción corta, a veces una pieza larga —siempre con libertad creativa y trabajo dramatúrgico.
M. P. V.: Has cantado hasta la fecha con más de 13 mil niñas y niños de Cali, el Valle del Cauca y del país. ¿Cómo aporta la infancia a tu proceso creativo y a tu comprensión del mundo?
J. R.: Trabajar con la infancia ha sido transformador. Vengo del coro universitario y en 2002, con la Secretaría de Cultura de Cali, propusimos el coro de 1.000 niños y niñas: llenar la primaria de arte porque ahí se forma la creatividad y el pensamiento crítico. Nuestra metodología se basa en el afecto: la única autoridad posible con los niños es el cariño. Trabajamos repertorio propio, talleres con familias y profes, y pedimos que la música suene en casa. En el trabajo colectivo el unísono forma comunidad; si una canción aburre a los niños la reviso, si piden más, la mantengo: su honestidad es el mejor filtro creativo. Hemos hecho ocho coros de 1.000 y el impacto es enorme.
M. P. V.: Después de 40 años de carrera profesional, de centenares de presentaciones nacionales e internacionales, ¿puedes compartirnos la historia de alguna que sea especialmente memorable para ti?
J. R.: Una historia muy memorable fue el concierto del 21 de junio de 2002, Día Mundial de la Música, en la Plaza de Toros: luna llena y cerca de 11.000 espectadores —4.000 con vínculo afectivo con el coro—. Trajimos niños de zonas rurales que durmieron en la ciudad y participamos en un homenaje a la Madre Tierra (Ma Guasi). La energía fue impresionante: fue un momento en que lo artístico se juntó con lo comunitario y lo afectivo. Ese recuerdo de conexión entre niños, ciudad y naturaleza sigue vivo.


