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Heridas que se heredan

La primera vez que oí hablar de heridas de guerra fue cuando vino de visita el primo gringo de la familia. El primo gringo es el hijo de una tía con su esposo norteamericano, un ex combatiente de la guerra de Vietnam; la absurda guerra que Estados Unidos se empecinó en alargar hasta que los vietnamitas los hicieron naco. 

Estábamos en una finca en los llanos orientales, derritiéndonos a 43 grados bajo la sombra. Los adultos yacían en las hamacas en una especie de coma consciente, los animales miraban al vacío bajo la sombra de un árbol grande, y nosotros, los niños, estábamos semidesnudos y acostados sobre el patio de cemento de la casa en obra negra. El aire era pesado y una modorra terca se apoyaba en las pestañas haciendo milagroso el acto de parpadear. En medio de ese bochorno vi cuando se asomó una enorme mancha verde. Me froté los ojos y traté de enfocar. Era el primo gringo vistiendo un uniforme camuflado del ejército de los Estados Unidos. Él tenía apenas doce o trece años, pero parecía un adulto gracias a sus 1.80 metros de estatura; eran 180 centímetros que amenazaban con convertirse en litros gracias al calor. Los demás primos casi morimos de deshidratación con solo verlo y varios integrantes de la familia trataron de persuadirlo para que se quitara el uniforme. Pero el primo gringo aseguraba que su papá había tenido que soportar temperaturas más altas durante la guerra de Vietnam. Si su papá había podido, él también podría hacerlo.

Además de ser capaz de aguantar el calor con toda esa ropa encima, el primo aseguraba haber heredado las heridas de guerra de su padre, causadas por una explosión cuando el tanque que tripulaba fue blanco de una granada. Todos los primos éramos muy chiquitos y no sabíamos siquiera qué era el ADN, pero a pesar de nuestra ignorancia frente al tema de la genética teníamos claro que las heridas no se heredan, así que en esas vacaciones el primo fue blanco de muchos chistes y burlas.

En los llanos orientales supe por primera vez de las heridas de guerra y de la guerra de Vietnam. Después vinieron las películas. Muchas. Todas. Vine a entender que los gringos habían perdido bien tarde: en bachillerato, y pude comprender lo que en realidad había significado tamaña atrocidad cuando tuve la fortuna de ir a Vietnam, en 2007.

Recuerdo especialmente el día que visité una fábrica de seda ubicada entre Hai Jung y Hai Long, en la cual todos los trabajadores eran víctimas de la guerra. Una mujer con malformaciones congénitas bordaba por aquí, un mutilado cosía un botón por allá, una mujer mayor quemada con napalm recogía las prendas del vestier, y un hombre con visible cojera traía la talla M de una camisa para mujer.

—La guerra terminó hace 40 años pero todavía se ven las consecuencias —me dijo Ang, el guía con voz dulce y pausada que caminaba conmigo entre las estanterías.

En aquella fábrica no solo se exhibían los productos de seda: se exhibía también el hecho de que todo era fabricado por víctimas de la guerra. Se exhibían las heridas, el pasado, el dolor, y, por supuesto, el compromiso social de una empresa que decidió tomar como trabajadores a las víctimas.

Al ver a estas personas con las marcas imborrables de los defoliantes y demás horrores utilizados por los Estados Unidos, fue inevitable recordar al primo gringo. Él, siendo un adolescente, decía con orgullo haber heredado las heridas de su padre, mientras que estos trabajadores —con heridas reales, visibles, inocultables, tan largas como la vida misma— no parecían mostrarlas con nada diferente a la resignación o la resiliencia.

Evidentemente, al primo lo hacía sentir bien pensar que había heredado algo de la condición de “héroe” de su padre. A pesar de la monstruosa derrota de Estados Unidos en Vietnam, el gobierno se refiere a los ex combatientes como “héroes de guerra” aunque los trate como basura y los ignore como víctimas. Y es que la guerra deja víctimas en todas partes: en el ejército, la guerrilla y la población civil. Pero eso parece importarle muy poco a los que deciden las guerras desde un mullido sofá.

Hace unos días vi el video de un soldado del Ejército de Colombia que hace nueve años perdió una pierna al caer en un campo minado en La Julia, Meta. El soldado recibe el mínimo como pensión y le han negado tres veces la vivienda militar. El hombre, que dio su pierna por la patria, debe hacer maromas para sostener a su esposa y dos hijos, pagar arriendo, servicios, colegio y mercado, todo esto con el mínimo y en condición de discapacidad. En Colombia existen miles de casos como el de este soldado. Esto quiere decir que hay miles de hijos que están heredando las consecuencias de vivir sin una pierna, o con lesiones muchísimo peores, y con el salario mínimo. ¿Cómo crecerán esos niños? ¿Qué pensarán de los adultos que dirigen los destinos del país? ¿Creerán en la justicia? ¿Qué opinión tendrán del ejército? Con seguridad, todos esos hijos se sienten tan heridos como sus padres.

Si la situación de los militares es difícil, ni hablar de la población civil. Tal y como lo dice Jesús Abad Colorado en la entrevista que dio a Efe “los campesinos de Colombia son los grandes perdedores de la guerra porque ellos pusieron los hijos de todos los ejércitos, pusieron la tierra que fue despojada, pusieron sus vidas”.

Hoy comprendo que, después de todo, el primo gringo tenía toda la razón: las heridas de guerra sí se heredan. Aunque no se vean están ahí; aunque no sean tangibles duelen; aunque no haya cicatriz son reales. Tan reales como absurda es cualquier guerra. Por eso vale la pena preguntarnos: ¿en serio queremos rendirnos frente al primer obstáculo que presentan los acuerdos de paz? ¿De verdad queremos arriesgarnos a una guerra con Venezuela? ¿Cuántas heridas más queremos heredar?