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¿Hay Democracia en Colombia?

Transcribo la conversación entre una manicurista y su cliente, refiriéndose al video que publicó Iván Márquez informando que retomaban las armas; conversación que, después, derivó en sus decisiones para las próximas elecciones:

—No, no, no, no, no, es que eso nos pasa por bobos, por no haberlos matado a todos cuando tuvimos la oportunidad —dijo la manicurista.

—¿Y qué tal ese Santrich? —dijo la cliente indignada— Salió de la clínica en silla de ruedas y dizque ciego. Pero ahí, en el video, sale parado y con un fusil. ¡Cuál ciego ni que nada! Ese es mucho farsante.

—Uy, a mí me daba una piedra verlo ahí en el congreso —dijo la manicurista apretando el puño —¡Semejante hampón!

—A mí también. Es que no hay derecho. ¿Un guerrillero en el congreso? Eso solo pasa en  Colombia —aseguró la cliente.

—¿Usted por quién va a votar para alcalde?

—Por el que sea, menos por Claudia López —afirmó la cliente con cara de asco.

—Uy, no, esa vieja es tenaz. Y tan gritona. Ni locos podemos dejar que suba. Tal vez voto por… ¿cómo es que se llama? Algo con eme. Bueno, no me acuerdo, pero puede ser por ese o por Galán. Se ven como decentes.

—Sí, yo también voy a votar por Miguel Uribe. Es súper peladito, pero es que si esa Claudia gana estamos fregados. ¿Se imagina el horror? Ahí sí llegan todos los venezolanos.  

Digamos que en Colombia hay democracia. Aunque es difícil hablar de democracia en un país que en elecciones tiene más del 70% de abstencionismo, y del 30% que ejerce el derecho al voto, tan democrático, muchos resultan ser comprados o, como en el caso de la manicurista y la cliente, son votos poco (o nada) informados.

Evidentemente, la gente no entiende por qué es importante votar. Votar bien. No en contra ni por simpatías superficiales. Y si no lo entiende es porque la ignorancia, la pobreza y la corrupción son las auténticas ganadoras de cualquier contienda electoral en este país. Parece una democracia a la que le conviene mantener a la gente sumida en testarudez, con los ojos cerrados, o demasiado ocupada en sobrevivir como para dedicarle tiempo a leer y entender un programa de gobierno. Pero, sobre todo, es una democracia que le saca provecho al abstencionismo: entre menos gente ejerza su derecho, más fácil será manipular al pequeño porcentaje de votantes.

Pero, bueno, digamos que en Colombia hay democracia. Aunque es difícil hablar de democracia cuando persiguen y asesinan a líderes sociales, excombatientes e indígenas, entre muchas otras personas inconvenientes para el negocio de la guerra. Son crímenes sistemáticos: a las víctimas les anuncian que las van a matar y el amedrentamiento es denunciado. Pero es poco lo que se hace para protegerlos. Finalmente, sin que nadie les preste demasiada atención o que el Estado les brinde protección, son asesinados. Muchas veces a plena luz del día e, incluso, frente a sus hijos. Se podrían escribir cientos de crónicas de estas muertes anunciadas. Es una democracia inhumana, en la que el derecho a la vida solo aplica para los ciudadanos de “primera categoría”, de esos que andan con 25, 70 o 300 escoltas, pagados por nosotros, los contribuyentes.

Pero, insistamos: en Colombia hay democracia. Aunque la palabra empieza a desdibujarse cuando algunos hablan de cerrar el congreso, dejar una sola corte, y acabar con los acuerdos de paz que se firmaron entre el Estado colombiano y las FARC; acuerdos que contaron con Chile, Venezuela, Cuba y Noruega como países garantes; acuerdos apoyados por otros 47 países; acuerdos que han recibido recursos para su implementación por parte de Suiza, Suecia, España, Canadá y Alemania, entre otros. Pero como un 10% de los excombatientes decidió volver a las armas, hay que desmontarlo todo: el congreso, las cortes, la paz, todo. Es difícil entender esa democracia tan sazonada con radicalismo, bloqueos a la justicia y atentados a la constitución. No huele bien ese menjurje.

Pero, seamos positivos: llenémonos de razones para creer que aquí vivimos en democracia. Aunque cuesta, cuesta mucho, cuando el New York Times publica que las viejas prácticas de los falsos positivos están volviendo a ser implementadas. ¿Cuántos jóvenes serán llevados al monte con promesas de trabajo para, luego, ser asesinados y presentados como guerrilleros dados de baja en combate? Es una democracia con olor a fascismo y de una crueldad inconmensurable.

Queremos creer que en Colombia sí hay democracia. Pero, de pronto, un día dicen que sale del aire un programa que hacía sátira política, que no le renovaron el contrato laboral al mejor columnista de una revista prestigiosa (aunque lo reintegraron tras el escándalo mediático que despertó su despido), que amenazaron de muerte a un comediante que dice verdades incómodas, que han asesinado a cinco candidatos a las próximas elecciones, o que se acaba el noticiero más independiente y premiado del país. Es una democracia que huele a censura.

Pero así como los colombianos desprecian su derecho al voto, parece que también subvaloran su derecho a la libertad de expresión. Olvidan que si ese derecho existe no es para que todos estemos de acuerdo: uno no piensa, ni habla, ni escribe, ni hace sátira política, ni es comediante, ni se lanza a la alcaldía, ni ejerce el periodismo para que los demás estén de acuerdo con uno. La maravilla de la democracia –sin haber conocido algo mejor aún- es que así como uno tiene derecho a expresarse, los demás tienen el derecho a disentir, criticar, votar y opinar de manera diametralmente opuesta a lo que uno propone.

Lo más bello de la libertad de expresión es que todos podamos ejercerla. ¡Todos!  ¿Algún día nos daremos cuenta de que cuando callan una voz –la que sea– nos estamos arriesgando a que en algún momento callen también la nuestra, o la de todos?

Muchas personas en Colombia le temen al comunismo, a que nos convirtamos en Venezuela, pero ¿acaso saben lo que es la democracia? ¿Saben cuáles son los principios que la cimientan?

Cuando se escuchan conversaciones como la de la manicurista y la cliente, dos personas con niveles de educación diferentes, pero con el mismo grado de estupidez a la hora de votar, es cuando queda claro que son pocos los que entienden qué es la democracia.

Cuando la gente no se preocupa y no se manifiesta de manera masiva por la salida de un noticiero –aunque no sea el de su preferencia– queda en evidencia que el pueblo no entiende que hablar de democracia cuando hay censura es un contrasentido.

Cuando se convierte en una noticia más que hayan asesinado a cinco candidatos políticos en medio de una campaña, el país no ha entendido que es la democracia a la que están matando. Y cuando muere la democracia, algún otro sistema empieza a cocinarse. Seguramente, no el mejor.

Si tanto temen que Colombia se convierta en Venezuela, salgamos a votar en octubre. Salgamos a votar masivamente. Pero, antes de votar, leamos concienzudamente los programas de gobierno de los candidatos. Entendamos lo que dicen, los problemas que enfrentan y la manera que cada uno propone para solucionarlos. No votemos más en contra. Ni por el que “dice” otro. Votemos por el que mejor preparado esté para asumir los retos de nuestra ciudad y departamento.

Recordemos que el día de votación es solo uno, pero cuando elegimos de manera desinformada o –peor aún – cuando no participamos de la elección, después vendrán varios años de mal gobierno. Será tarde para nuestras quejas, tarde para el progreso, tarde para combatir la corrupción, tarde para generar un cambio. Será tarde, tal vez, para esa cosa en la que tanto decimos creer: la democracia.