Hay lugares de Colombia en los que no saben que estamos en paro nacional. Y no lo saben porque no les llegan las noticias. No les llegan las noticias porque no hay electricidad. No hay electricidad, ni servicio de agua y alcantarillado, ni teléfono, ni gas, ni señal para celular, ni internet.
Este fin de semana estuve en uno de esos lugares de Colombia; estuve en la selva del Putumayo, en una de las miles de veredas olvidadas por el Gobierno. Un lugar en el que viven 24 familias que han dejado de sembrar coca para darle paso a cultivos lícitos de arroz y maíz, entre otros.
Se siente una mezcla de tristeza y rabia saber por boca de los habitantes que muchas veces, cuando salen a vender lo que han cosechado, la policía les incauta los productos porque no tienen sello del INVIMA.
Dejar de cultivar coca, según lo que cuenta don Jaime, significa que en lugar de ganar $170.000 diarios pasaron a ganar $30.000, que es en lo que está hoy el jornal. No hay que ser demasiado bueno en matemáticas para darse cuenta de que el sacrificio económico es importante. Estamos hablando de que ese hombre decidió dejar de ganarse alrededor de 3 millones al mes para pasar a recibir tan solo 600 o 700 mil, cuando la cosa está buena.
A la gente de esta vereda se le llena la boca de orgullo al contar que entre todos se cuidan. “Cuando alguien se va, todos estamos pendientes de que nadie se le entre a la casa en lugar de estar listos a ver uno que se roba”, dice don Chucho. Se cuidan entre ellos porque nadie más lo hace.
En la escuela, que tiene un solo salón, están juntos los niños de primero a quinto de primaria, y la única profesora que tienen les enseña todas las materias, a todos, al tiempo.
Comen mucho arroz. Al desayuno, al almuerzo y a la comida. La harina da sensación de llenura. No pasan hambre, pero están mal nutridos.
Una niña se ahogó en el río hace una semana. Tenía epilepsia. Uno se pregunta si el dolor de esa familia hubiera podido evitarse si un médico prescribía la droga indicada, si advertía sobre los peligros de un ataque bajo el agua, o si le hubiera hecho seguimiento al caso.
Las pocas personas de la comunidad que tienen celular deben pararse al lado de un palo que queda junto al comedor comunitario para lograr comunicarse, es el único lugar donde a veces entra la señal. No siempre se tiene tanta suerte.
Están solos. Olvidados. Se tienen los unos a los otros. Nada más. Son tan de buen corazón que piensan que es suficiente, que juntos lograrán tener más, vivir mejor. Pero lo más seguro es que Habsleidy no pueda ir a la universidad aunque sea la mejor del curso y sea una magnífica expositora.
A este viaje fui con un grupo de 7 personas a trabajar con la comunidad a partir del canto y la improvisación, usando solo nuestros cuerpos como instrumentos. Nuestros cuerpos y nuestras voces.
Irónicamente, cuando a este pueblo se le pidió que improvisara no solo melodías sino letras para una canción, una de las palabras que surgió de manera espontánea fue: “Colombia”. Es decir: el país no se acuerda de ellos, pero ellos se acuerdan con alegría del país que eligió olvidarlos.
Cuando iba camino al bote que nos llevaría de nuevo a Puerto Asís, uno de los niños -el más tímido de todos, al que más trabajo le costó integrarse- se acurrucó y empezó a llorar desconsolado mientras se tapaba la cara. “No quiero que se vayan”, repetía. Sentí que ese pequeño era el resumen de todo un país que pide a gritos que lo vean, lo oigan, lo eduquen, lo atiendan, lo conecten, le den lo que es justo. Solo eso. De vivir con dignidad y dulzura se encargan ellos. Porque de eso sí que saben. Le dan sopa y seco a los políticos que van a dormir al Senado mientras sus cuentas bancarias se inflan.

