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Andalucía Vive y Ortega y Gasset han muerto

 

Cuando viajamos se eleva a su última

potencia el carácter de fugacidad que es

propio a nuestra relación con las cosas.

José Ortega y Gasset

A Andalucía se la encuentra en el aire mismo. En la luz que es allí, bajo su cielo de otoño, más clara y alegre. Traspasada la colina de Despeñaperros, y a medida que la carretera avanza hacia el encuentro de Córdoba <<lejana y sola>>, la tierra de María Santísima se nos va metiendo por los mismos poros y haciéndosenos consustancial con el espíritu. Atrás han quedado los pueblitos castellanos, enjalbegados en una blancura sobria, y atrás la meseta manchega con los mismos molinos en cuyos brazos aéreos se enredó la divina locura de don Alonso Quijano. Córdoba que alza la maravilla de su mezquita con sus columnas laberínticas y la oscurecida riqueza de sus arabescos, nos queda en el recuerdo, en la voz infantil de una vendedora de jazmines. Y en el propio aroma de esas flores que son como su propia esencia.

Aquel día -18 de octubre de 1995- mientras entrábamos al corazón mismo de la provincia andaluza llevados por la mano de su <<teoría de Andalucía>>, moría en Madrid don José Ortega y Gasset. Fue conmovedor entender cómo el dolor de su muerte llegaba al alma misma de su pueblo a pesar de las consignas que el Ministerio de Información distribuyó a los periódicos españoles y que limitaban los comentarios y noticias sobre la enfermedad y muerte del eximio filósofo a extremos inverosímiles.

Pero no obstante las consignas, España sintió que con Ortega se iba uno de sus máximos valores. Y su espíritu liberal que se halla –no importa lo coaccionado- se estremeció a todo lo largo de la península. Y como siempre –como otras veces- fueron los estudiantes quienes lo hicieron visible. En una nutrida manifestación, cumplida dos días después del entierro de Ortega, los universitarios dejaron sobre su tumba una corona con ésta o parecida inscripción. <<A José Ortega y Gasset, filósofo liberal de España, cuya muerte en estos momentos representa pérdida irreparable>>.

Aquello fue como una chispa. El callado río de la inconformidad se expresaba en ese vocablo <<liberal>> de profundo sentido. España se acercaba así –soberbia y entera- a la recién abierta sepultura, testimonio de un instante crucial de su inteligencia. El nombre de Ortega ondeaba en un fresco aire de bandera.

***

            <<¡Quien no vio Sevilla

            no vio maravilla…!>>

El cantar dice lo cierto. Porque esta ciudad es adorable, intemporal –el tiempo en ella no cuenta y no se sabe si allí se detuvo o ya no existe o está por llegar- guarda tan entrañablemente su espíritu que no es posible entender a España y entendernos a nosotros mismos en lo que de España pueda venirnos, sin acercarse a la sombra morisca de la Giralda o perderse, con la misma emoción de los hijodalgos que dejaron su amor en las rejas florecidas, por esas torcidas y adorables callecitas del barrio de Santa Cruz, o enredarse en la emoción de una copla que cruza el aire allí detenido para el canto. O para el <<cante>>, que es más expresivo de su hondura, más cargado de su trémolo lamento. Porque es curioso cómo un pueblo de tan clara alegría, que no sabe otro lenguaje que el de las coplas y las danzas, tenga la tremenda pesadumbre de angustia. De esa cosa profunda, que hecha grito y jipío se vuelca toda en gargantas y guitarras. ¿Acaso en esa <<espina de una pasión>> de que hablaba Machado?

            En el corazón tenía

            la espina de una pasión.

            Logré arrancármela un día:

            ¡Ya no siento el corazón!

Pero el pueblo andaluz –el sevillano singularmente- la sigue llevando sangrante y clavada, y en sentirla y tenerla está su goce y la raíz de su poesía. Y está algo más: su desgarrado sentido humano –casi idolátrico- de la religión.

Porque en Sevilla el culto de lo sobrenatural, de la devoción religiosa, se ha hecho carne de imagen. A la Virgen de la Macarena, igual que a la Virgen de Triana se la venera con un poco –un mucho- de espíritu pagano. Igual a las hermosas efigies de Nuestro Señor del Gran Poder y del Cachorro, tan desgarradamente gitano. Es tan cierta esta pasión humana por sus imágenes que en la guerra de vírgenes –la macarena y la trianera- hay como una fuerza primaria que se define muy clara en esta anécdota. Visitábamos a la virgen de Triana, y una mujer de la clase media, ya entrada en años, se acercó para hacernos el panegírico de la imagen.

-¿Cuál es la diferencia –le preguntamos- entre la Virgen de Triana y la de la Macarena?

-Oiga usté –nos dijo con su inconfundible acento andaluz-. La Macarena pué sé un poquillo más bonita, pero ézta –y señaló a la de Triana en expresivo gesto de las manos en curva- ézta es má mujé…

Ciertamente. En la amargura de la Macarena hay un callado dolor transparente de sangre y lágrimas. En la dulzura de la virgen trianera hay cierta inefable gracia femenina, en la que se recoge todo su secreto encanto. Tal vez por ello a las dos, las gentes se acercan con amor tan desbordado e íntegro.

***

¡Todo el cante de Levante,

todo el cante de las minas,

todo el cante…!

Como es noche de verbena la manzanilla empuja en el corazón el milagro de la copla. Y la guitarra se hace –como en la maravillosa definición de Gerardo Diego- <<un pozo con viento en vez de agua>>. Emilia ha bailado sus sevillanas. Encarna ha cantado sus fandanguillos. Y Trinis, y Coquineras y Pastoras, danzan al ritmo de su propia música interior. Porque la llevan en el alma sin necesidad de que suene en instrumento alguno. A lo sumo en la palma de las manos que replican como campanas. La voz de los chavales quiebra su melodía ansiosa, y voces y palmas se entremezclan en un aire de locura. Por en medio de la ciudad, atravesándola e hiriéndola, pasa quieto –como queriendo quedarse a su vera- el Guadalquivir. Y hay claveles y palabras. Y Pepe el cochero que nos inunda con el desbordamiento de su salero gitano. La España de pandereta tan calumniada y sin embargo, tan honda, toda allí en esa estampa de color y de música, prendida al pelo de las mozas, en el garbo de sus peinetas, alegre y sensual. Y humana, humana, humana. Entrañablemente humana. Y buena. Sevilla nos dio así el complemento de su imagen. De su ser espiritual. De su verdad y su destino.

***

Y también Granada. <<Quien no vio Granada, que ciegue los ojos porque no vio nada>>. A medida que se llega y los cármenes salen a nuestro encuentro y topamos con Santa Fe, el paisaje y la historia nos traen el recuerdo de Bogotá. Porque esa vega tiene el encanto de nuestra Sabana, en lo cual acaso esté la explicación de que don Gonzalo Jiménez de Quesada haya escogido esta planicie –evocadora de su solar granadino- para aposento de sus huestes y asiento de su hazaña. El recuerdo de don Francisco Villaespesa nos llevaba de la mano:

Granada no ha sufrido transformación alguna…

La misma luz de seda, la misma paz ambiente;

el Darro se desliza voluptuosamente

arrullando los cármenes con su vaivén de cuna

***

Y alta en su colina de siglos y de sueños la Alambra. La Alambra llena de amor y de belleza. Porque solo fue hecho allí para amar y gozar. Sus salas y sus patios. Sus corredores y sus jardines. Sus torres y sus miradores. El patio de los arrayanes. La sala de reposo. El peinador de la reina… La sensual languidez de los príncipes moros pasea su sombra alucinante a través del embrujo del Alcázar. Y al frente el Sacro Monte, con sus cuervas de tierra y de cobre, un poco artificiosas hoy para consumo del turismo internacional, pero todavía con su vestigio de picardía gitana. La imagen de Federico se precipita en el recuerdo. Y el drama de su muerte nos aprieta el alma.

El crimen fue en Granada

En su Granada…

Cruza su nombre una y otra vez por el cielo de la memoria. Y una y otra vez se hace cólera y dolor en la callada protesta.

-¿En dónde mataron a Federico?

El guía que conoce la intimidad minuciosa de los reyes moros, lo ignora. ¿Federico? Como si no fuera resumen y esencia de la gloria de España. Él, que corría como un río de sangre hacia la entraña de su pueblo.

Y para hacer más exacta la verdad del paisaje, la media luna en el alto cielo de octubre. Y de nuevo la devoción del poeta:

¡Tu alma de mármol, trágica y sonora

por los mil ojos de tus fuentes llora

y no sé qué romántica quimera,

mientras la media luna del creciente

se eleva sobre ti, cual si quisiera

fulgurar otra vez sobre tu fuente!

Y Granada queda allí en su marco de leyenda, con la débil voz del Genil que la envuelve como un recuerdo apenas de agua.