[…] No tengo que ocultar ninguna carta, estoy en contra del capitalismo.
Estanislao Zuleta
Resumen:
Este texto tiene el propósito de presentar una valoración crítica de Estanislao Zuleta, intelectual colombiano de gran importancia en los años 1960 y 1990, por su labor de educador universitario y popular, así como por su proyección en la formación de una opinión pública, crítica e ilustrada.
Se trató de un autodidacta en el trópico, pero al mismo tiempo de un hombre de universidad. Aquí realizamos su perfil vital e intelectual. Se incluye su participación política. También se valoran críticamente aspectos centrales de su obra escrita y oral (conferencias), libre de toda mistificación y en franca evaluación de la importancia de su legado. He querido realizar un aporte al análisis colectivo que se viene haciendo de su importancia en la vida nacional, desde mi propia vivencia y conocimientos de su obra, con la intención de ubicar a este autor en la jerarquía cultural e intelectual merecidas.
Noble motivo
Estanislao Zuleta es un decisivo intelectual entre 1960 y 1990 en Colombia por su labor de educador universitario y popular, cuya actividad trascendió en la formación de una opinión pública, crítica e ilustrada. Fue un investigador teórico y literario, además de un agudo conocedor de temas palpitantes del acontecer nacional, especialmente en educación, derechos humanos y paz. Sus autores y asuntos son múltiples, y los abordó en seminarios, círculos de estudio, aulas de clase, auditorios, así como en publicaciones políticas alternativas. La impronta del trabajo intelectual y pedagógico de Estanislao Zuleta quedó consignada en libros, conferencias y conversaciones, que han sido editadas y publicadas varias veces. Algunos de ellos son textos de estudio en colegios y universidades, al igual que en instituciones de educación sindical y popular.
La audiencia de Zuleta está conformada por dos generaciones: la que influyó en vida y la de los jóvenes y adultos que están descubriendo un expositor sencillo y profundo, un narrador oral envolvente, un pensador actual para educar y concebir la acción como algo exigente y trasformador que debe tener sólidas referencias teóricas. Este intelectual fue fiel al imperativo categórico de pensar por sí mismo, de escuchar a los otros y ser consecuente y comprometido. También tuvo como imperativo categórico en su trabajo de pedagogo el que este debe ser a su vez educado en una ética intelectual y constante. Solía repetir que la educación es un campo de combate y que su función primordial es pensar. Es el educador como filósofo.
La vida y obra de Estanislao han suscitado polémicas y comentarios de distinto orden. Hay unas leyendas urbanas sobre el personaje que, en todo caso, acrecientan la curiosidad por conocer más de cerca su vida y obra, que aunque fue relativamente corta (55 años), dejó una impronta en el quehacer cultural colombiano que la política del acontecimiento intelectual de los años 60 reconoce, al lado de gentes como Gerardo Molina, Jorge Zalamea, Marta Traba, Virginia Gutiérrez de Pineda, Manuel Zapata Olivella, Antonio García, Gabriel García Márquez, Rafael Gutiérrez Girardot, Francisco Posada, Santiago García, Jorge Gaitán Durán, Orlando Fals Borda, Diego Montaña Cuellar, entre otros. Queda pendiente, no obstante, la novela de su vida, parafraseando a Stefan Zweig.
Para contribuir al escrutinio público sobre Zuleta, escribí este texto de perfil de historia intelectual con una singular combinación de lenguajes que van desde el pensar su obra hasta comentar algunas situaciones autobiográficas en mi relación con este personaje. He querido mantener el principio de contradicción en los límites de un artículo de esta naturaleza.
Sobre la personalidad de Estanislao Zuleta se han forjado tópicos que circulan como moneda común y corriente. Por ejemplo, el de que fue un autodidacta y que eso lo hizo vulnerable intelectualmente. Lo fue hasta cierto punto. No cursó estudios profesionales ni terminó el bachillerato, pero estuvo inmerso en la vida universitaria de manera muy profunda, decisiva, en condición de profesor e investigador, y ocasionalmente de vicerrector académico en la Universidad Santiago de Cali, durante la rectoría de Álvaro Pío Valencia, profesor e intelectual, quien entendió la importancia de nombrar en esta posición a un sin título, a un autodidacta. Y el rector dio en el clavo porque Zuleta desplegó una actividad de reforma de los programas académicos, especialmente en la Facultad de Educación. Al igual mostró sus calidades de educador, de conferencista que atraía a los jóvenes a los auditorios cada vez más llenos a medida que se difundía por el boca-boca la calidad de sus exposiciones. Zuleta insistió en la dimensión cultural de la universidad. Asumiendo la contradicción en los términos, digo que Zuleta fue un autodidacta-universitario.
Sobre este tópico hay una reflexión breve por parte suya ante la pregunta del filósofo Delfín Grueso:
Delfín Grueso. Estanislao, usted es un autodidacta. ¿Qué es un autodidacta?
Estanislao. Así llaman al que ha logrado escapar en determinado momento a la formación bachilleril y universitaria. Yo escapé al bachillerato. Me parece que fue una cosa buena, porque en el bachillerato no solo se enseña mal y se pierde mucho tiempo, sino que frecuentemente el problema es peor. La filosofía del bachillerato no es solo una filosofía mal enseñada, sino que muchas veces produce una vacuna contra la filosofía y la literatura. El individuo termina de presentar esos exámenes, saca ese cartón y no quiere saber nada más de eso. Ahora bien, yo no creo que no haya nadie que no sea un autodidacta. ¿Cómo te imaginas entonces que se produce la cultura? ¿Acaso Freud, Marx o cualquier otro, así sea solo un buen divulgador de la cultura, pudieron llegar a ser lo que fueron sino confrontándose con los grandes pensadores y sobre todo consigo mismos, sin necesidad de pasar una clase y presentar exámenes?”.
El movimiento por el cogobierno universitario que desarrollamos exitosamente4 encontró sus logros académicos con la dupla de Valencia y Zuleta, y un grupo de renovación profesoral, como el sociólogo Jorge Ucrós, Edgar Vásquez, Fernando Cruz, Eduardo Pastrana, Nicolás y Enrique Buenaventura, Anthony Sampson y otros. En simultaneo, un movimiento en la Universidad del Valle y en el país tomó cuerpo de manera radical, lo que abrió las puertas para su posterior vinculación.
El interés por minimizar la influencia de Zuleta en la universidad, y de esta en su trabajo, es una equivocación si no una necedad. Fue su lugar de trabajo, donde se ganó la vida y encontró los espacios y colegas que le permitieron y demandaron su labor intelectual y académica.
La universidad, no como micropoder y telaraña burocrática, sino como espacio de libertad para pensar, dialogar, enseñar, aprender, investigar libremente, fue apreciada en grado sumo por Zuleta, y cuando esto era puesto en cuestión, su presencia carismática y sabia imponía la libertad mágica de pensar. Zuleta fue un crítico mordaz de la educación convencional y profesionalizante. Claro que le aburría la rutina de los horarios, las calificaciones, las llamadas a lista, la disciplina represiva; a veces, incluso, era incumplido con sus compromisos. Pero cuando reanudaba sus actividades, suplía con creces sus ausencias. Quedaba claro que se había dedicado a estudiar e investigar en la soledad de sus tribulaciones los temas que le apasionaron, ligados a su existencia con sus enfermedades, dolores, euforias, amores, recelos, ilusiones, necesidades, vicios, virtudes y desafíos. No había escisión entre vida y trabajo. Por lo menos ese fue su proyecto, su intento y su lucha. Lo derrotó la muerte a los cincuenta y cinco años, en pleno esplendor creativo.
En la línea del tema del autodidacta, se suelen referir a que Zuleta habló y dialogó más de lo que escribió, y que, por lo tanto, esto muestra sus carencias. Queriendo refutar este tipo de prejuicios, se dijo que el no escribir era preferible porque lo virtuoso es dialogar, hablar, repitiendo un lugar común de que el diálogo hablado es superior, en tanto une el saber con la vida. Sin embargo, hubiese sido mejor que Zuleta escribiera más, no porque sus conferencias y conversaciones no sean importantes; lo que pasa es que hubiese sido más preciso y precioso conceptualmente, como lo demuestra el Elogio de la dificultad y otros ensayos. El añejo aforismo “verba volant, scripta manent” mantiene su sabiduría.
El escribir no tiene nada de supersticioso; es un logro civilizatorio, más en un país como Colombia, donde se escribía poco y de manera desigual. El argumento de que es mejor hablar que escribir es un sofisma, propone una contradicción, un antagonismo artificial, francamente rechazable. Zuleta realizó sus conferencias, como las dedicadas a La montaña mágica, para educar, y hoy constatamos su valía intelectual porque fueron transcritas, conservando su forma de seminario, y en vida del autor, que se entusiasmó con la edición. Y así ocurrió con otros seminarios “que se salvaron”, porque fueron transcritos con las mejoras y adecuaciones editoriales necesarias. Zuleta no escribió más porque desafortunadamente se murió a los 55 años, y escribir sí era parte de su proyecto vital.
Sus paradigmas de vida: Marx, Freud, Mann, fueron grandes escritores. El pensamiento de Zuleta está en establecer el sentido de la escritura, la belleza y el alcance del texto, las contradicciones y las honduras de la vida personal y social. No hay que crear artificiales dicotomías para “defender el arte de Estanislao” en seminarios, en grandes auditorios y en diálogo de amigos. El asunto es sencillamente circular, porque la finalidad más digna de la lectura es poner a vivir la escritura a través del diálogo, la exposición y nuevas escrituras. Como anota Marcel Proust, la lectura es un placer divino.
En su ensayo “Sobre la lectura” expresa su compromiso por la escritura: “Lo que debe predicarse es exactamente lo contrario; que solo se puede leer desde una escritura y que solo el que escribe realmente lee […] escribir en el sentido fuerte es tener siempre un problema, una incógnita abierta, que guía el pensamiento, guía la lectura; desde una escritura se puede leer”.
Zuleta fue profesor en el Instituto de Investigaciones Históricas y en la Universidad Libre, seccional Bogotá. Continuó en la seccional de Cali y en el Ministerio del Trabajo. Continuó en la Santiago de Cali y luego dio el salto a la universidad pública: a la de Antioquia y a la del Valle, que lo distinguió con el doctorado honoris causa en la rectoría de Álvaro Escobar Navia. Allí quedó revestido, fungido de universitario. Nada menos que de doctor. Y fue en esa ceremonia eminentemente académica, un momento feliz para su autor, que leyó su ensayo paradigmático: “El elogio de la dificultad”. Un soberbio manifiesto intelectual, y un llamado a la acción, en el cual manifestó ideas como estas:
Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo, el arte y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge la lucha de los proletarios que ya saben que un trabajo insensato no se paga con nada, ni con automóviles ni con televisores; surge la rebelión magnífica de las mujeres que no aceptan una situación de inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección desesperada de los jóvenes que no pueden aceptar el destino que se les ha fabricado.
La novela de Estanislao
En la novela de la vida de Estanislao terminó primando el mundo de las ilusiones, que el racionalismo intelectual alimentó. El crítico de las ilusiones estaba prisionero de una que era encubridora y peligrosa, por lo fascinante como pasión humana. El racionalismo fue defendido a capa y espada en distintos escritos y, de manera especial, en su comprensión del psicoanálisis. Hay una glosa suya al respecto:
Lo único que tiene importancia en mi vida es el pensamiento. No importa cómo haya tenido lugar un pensamiento: si en el alcohol, contra el alcohol o al margen del problema; si en crispada lucha moralista-sartreana contra “la vida imaginaria” o en medio de una fantasía; si en la desgracia, el duelo, el sufrimiento o en la dicha: lo que importa es el pensamiento mismo, su diferenciación y su articulación, su mutación y continuidad.
José Zuleta en un breve párrafo de su semblanza nos da un retrato despejado de mitificaciones de su padre:
no fue nunca mesurado. Al contrario, si uno quisiera definirlo en este sentido, habría que decir que Estanislao fue un hombre excesivo, excesivo en el afecto, en la lectura, en las exigencias éticas, en la conversación, en el humor y en la depresión, en los dos litros diarios de café, en la crítica y en el aprecio, en los cincuenta cigarrillos mentolados al día, en la bohemia y en la esperanza en una sociedad distinta a la existente, en la cual cada día se reconocía menos.
Yo recuerdo en 1987 una larga tenida en el Hotel Continental (Bogotá), donde se hospedaba. Acordamos vernos a las 5:00 p.m. De allí, salí en la medianoche. Bebimos y comimos. En un momento me invitó a su cuarto, porque quería decirme algo fundamental. Allí me dijo alborozado: “¡Estoy enamorado!”, y me alargó la foto de una mujer. Como un joven presumido me mostraba a mí, un amigo suyo que no era íntimo, la imagen de su amada. Comprendí con tristeza la enorme soledad que lo aquejaba, y que su entusiasmo se trataba de flor de un día. Zuleta tuvo dos matrimonios: el primero, con María del Rosario Ortiz; el segundo, con Yolanda González. Con ambas tuvo familia.
En nuestro diálogo, Estanislao se refirió al panfleto de Rafel Gutiérrez Girardot en contra suya, el cual yo conocía. Le comenté que, en mi opinión, el panfleto de marras no tendría ningún eco. También le dije que Gutiérrez Girardot se desvalorizaba con este atentado. Esto lo confirmo en mi nueva lectura 33 años después. Zuleta realmente estaba sentido con ese ataque, y empezó a contarme fragmentos de la historia de su vida, como justificándose.
En un momento, que para mí resultó extraño, aunque ya se lo había oído decir en mis tiempos de Cali, se refirió a la literatura latinoamericana como “latinoamericosa”, con desdén. Y ante mi comentario de que era injusto, me dijo: “Lo que pasa es que yo me siento más un ciudadano de San Petersburgo, donde habito con la obra de Dostoievski, o de París, donde hago lo propio con Balzac”. En fin, su idealización era fantasía.
El político
Zuleta tuvo un vínculo bastante singular con la política. A propósito, Alberto Valencia dijo el 16 de febrero de 2020 en El Espectador:
Zuleta era un hombre que provenía de la tradición de la izquierda. Después de un breve período de algunos meses en que estuvo vinculado con el Partido Comunista, nunca más se vinculó a ningún tipo de organización política. Pero, sin abandonar su posición política, se convirtió en un gran crítico de los grupos de izquierda, muchos de los cuales lo consultaban con alguna frecuencia. Fue un duro contradictor del dogmatismo y el anquilosamiento de una izquierda que, en su gran mayoría, aspiraba a tomarse el poder para desde allí imponer una visión totalitaria y autoritaria. Zuleta, por el contrario, desde el comienzo de su vida intelectual, defendió los valores de la democracia política y abogó por la construcción de una izquierda democrática.
Siendo muy joven mostró su interés por las ideas revolucionarias. Se destaca su proyecto en compañía de Mario Arrubla, otros intelectuales y activistas de formar el Partido de la Revolución Socialista a comienzo de los años sesenta. Leyó hacia 1953 Los Manuscritos del 44 de Marx, su primera lectura sobre el viejo que lo marcaría decisivamente. En sus propias palabras: “Ese texto de Marx, al que siguieron algunos otros, me llevó a hacer algunos estudios sobre la situación económica y política, y a fundar con unos amigos la primera publicación en la que yo participé: Crisis, una revista de política y economía”. Para 1958, emprende su primera lectura de El Capital y viaja a Sumapaz para dar cursos a los campesinos de la región. Ya en 1953, en un viaje a Bucarest al encuentro de Juventudes Comunistas, había tenido oportunidad de paso por París de traer libros de Sartre y números de Les Temps Modernes. Desde entonces, su perspectiva iba hacia una más amplia visión de los problemas de la revolución y del marxismo, que desembocó en la fundación del Partido de la Revolución Socialista, cuyo programa teórico puede leerse en la afirmación contenida en el número 2 de la revista Estrategia, de 1963, donde se señala la ruptura con el dogmatismo estalinista que había convertido al marxismo en una vulgata esquemática:
Todo lo que se ha producido después, ya sea reclamándose de él o independientemente, es sistemáticamente condenado como revisionismo o como decadencia burguesa. El psicoanálisis, la fenomenología, la lingüística estructural, casi toda la antropología, han sido arrojados entre las basuras de la historia por su esquematismo dogmático incapaz de comprenderse a sí mismo ni de seguir la evolución del mundo contemporáneo.
Producto de este propósito, va a escribir Marxismo y Psicoanálisis, publicado en 1964 en Estrategia. Tanto en la cátedra universitaria en la Universidad Libre, la Santiago de Cali, la de Antioquia y del Valle, Zuleta propugnó por una lectura de Marx, y profundizaba su propia visión del asunto.
Su aplicación del marxismo al estudio de la sociedad y la política en Colombia en este periodo está en sus artículos y ensayos publicados, principalmente, en Estrategia y en monografías publicadas por entidades oficiales, como su coautoría al estudio sobre el departamento de Nariño, realizado para el Ministerio del Trabajo en 1959. De la época Estrategia son: Claves para las elecciones, y Contribución a un debate sobre la política revolucionaria. De la época de la Universidad Libre están sus conferencias sobre Economía Colombiana, recogidas luego en el libro Historia Económica de Colombia en 1970. Y en el libro Conferencias sobre Historia Económica de Colombia, publicado en el mismo año. Es una reflexión paralela a la de su camarada Mario Arrubla, contenida en su libro Ensayos sobre el Subdesarrollo, de amplia circulación en las universidades y en las izquierdas. Gonzalo Cataño dice que el Partido de la Revolución Socialista (1962) tuvo un papel similar para la época al Grupo Marxista, fundado por Luis Eduardo Nieto Arteta, Gerardo Molina y otros, en 1932.
Durante los movimientos universitarios de los sesenta y setenta, y teniendo como contexto la crisis de la universidad autoritaria que Mayo del 68 cuestionó, y que entre nosotros produjo una profunda rebelión de la juventud, Zuleta animó la edición de las publicaciones Polémica y Ruptura, en Medellín y Cali. Todavía para ese entonces lo animaba la idea programática de una revolución socialista.
Puede decirse, y así lo reconocía su autor, que la reflexión sobre Colombia, contenida en estos escritos, estaba elaborada con la perspectiva del marxismo. En sus últimos textos sobre la violencia y los derechos humanos, está presente la influencia de su formación y entrenamiento en estos tiempos señalados. Ellos se encuentran en el libro Colombia: Violencia, Democracia y Derechos Humanos, publicado en 1991. Aunque ya para estos años, Zuleta proclamaba una dejación de su lealtad al marxismo, aunque mantuvo su reconocimiento y toma de partido por lo fundamental de Marx: su crítica al capital.
El liderato de Zuleta era carismático. Se ejercía en una realidad piramidal y a la cabeza estaba el que sabía; en la base, los elegidos. Esta relación era cuidada celosamente por Estanislao con un aire de secta. Recuerdo un encuentro con el profesor alemán Klaus Meschkat en Cali, donde, para mi sorpresa, este colega y amigo me dijo que Estanislao y sus allegados no podían saber que nos habíamos reunido. Me explicó el carácter cerrado de las relaciones que se ejercían por parte de Zuleta y su grupo. Este testimonio de Luis Antonio Restrepo es iluminador:
Se trataba de hacer conciencia y de que la gente se organizara y luchara por sus reivindicaciones. Esa es la época que en Medellín recuerdan como la época de los grupos de El Capital o del grupo Polémica. Polémica era nuestro documento, y era hecho en un mimeógrafo y distribuido en las universidades de Medellín. Se enviaba por correo a la Universidad del Valle, a la de Santiago de Cali, a la Nacional de Bogotá, que yo sepa se enviaban algunos ejemplares a Los Andes, a la Javeriana, tratando de configurar un movimiento intelectual.
Aquí en Medellín, dicho grupo tuvo inicialmente mucho éxito; se dice que la estructura era jerárquica, y efectivamente lo era, había un grupo que podíamos llamar un grupo madre de El Capital, que era dirigido personalmente por Zuleta, desde su casa finca, y por un grupo de amigos suyos, los amigos más cercanos, los que veníamos ya desde una década trabajando con él. De ahí se formaban subgrupos (cada uno de nosotros se encargaba de crear otros grupos) y de esos subgrupos se creaban otros subgrupos. Eso daba pie a chistes, pues hablaban de los sub, sub, subgrupos de El Capital, y sufríamos la hostilidad de las organizaciones duras o de los partidos de izquierda. La Colombia de ese tiempo no era exactamente a la de hoy. Yo creo que, sin idealizar las cosas, el grupo de El Capital, en el caso particular de Medellín y creo que también en el caso de Cali (Zuleta había dejado en Cali su gente, con la que teníamos contacto), tuvo una importancia que es innegable. Los grupos de El Capital formaron un tipo de intelectual marxista independiente, diferente al militante del Partido Comunista o del ML o del MOIR; formaron un tipo de participante de la investigación social y filosófica con miras a una actitud política abierta a la cultura universal».
A esto hay que agregar sus columnas en Alternativa, una revista de izquierda combativa, donde explicó en su momento (1976) su militancia política en Ruptura. Allí está su concepción de la organización, con todas las letras y cargando tintas. El reportaje es iluminador, y muestra la vocación por Marx y la decisión de hacer proletaria la organización. También sus desvíos descalificatorios a una izquierda en general, olvidando algo que conocía bien, el imperativo de Aristóteles: “¡Distingamos!”. Allí se lee la proclama: “¡Viva la Huelga!”, publicada en el número 3 de Ruptura, donde se puede calibrar el radicalismo de Estanislao:
¡Estalló la huelga! Se rompió la cadena de los días y las semanas innumerables de trabajo. De un trabajo sin sentido, que recomienza una y otra vez y no conduce a ninguna parte, que no termina sino cuando nos termina, nos ha hecho inútiles y, en el mejor de los casos, nos jubila. Se rompió la rutina de una amarga resignación y ahora puede brotar libremente una renovadora, una santa indignación. Y de la dispersión mecánica de nuestras vidas, en los dormitorios y los puestos de trabajo, surge la comunidad, la asamblea que delibera, grita, teme y calcula.
Y felizmente, aparecen por todas partes tareas que hay que realizar, problemas que es necesario resolver, peligros que tienen que ser previstos y superados. Ahora no es preciso aturdirse de fútbol y de alcohol, porque el pensamiento se ha vuelto interesante y útil, y ha dejado de ser un simple incremento del dolor de nuestras vidas que solo le agrega la conciencia de su insensatez.
De pronto, nos encontramos en un espacio y en un tiempo nuevos. Ya no es el espacio restringido barrio-bus-fabrica, sino el espacio social de todos los centros en que se combate, se prepara o se apoya al combate. El tiempo ya no es el breve ciclo de las semanas separadas por el pequeño hueco del domingo, es el tiempo de un proceso histórico, el tiempo de la lucha que continua anteriores victorias y derrotas y prepara y anuncia las batallas del futuro. Hemos descubierto que la lucha no es un episodio, sino el centro y el sentido de nuestras vidas y que nunca podremos aceptar la paz, sino como una tregua mientras nos recuperamos, como un episodio en nuestra lucha. Se hicieron posible al fin, dolores y sacrificios nuevos, más intensos que el embotado y agobiante sufrimiento diario: sabemos por qué los aceptamos, sabemos para qué sirven.
Conocemos el riesgo y no tenemos garantías previas de éxito. Y ciertamente aquel que no emprende la lucha no sufrirá jamás la derrota de una fuerza adversaria, porque ha hecho de la derrota la sustancia misma de su vida y porque la fuerza adversaria ya está instalada en él.
La rabia corrosiva que una larga frustración ha acumulado en nosotros ya no se dirige contra nosotros mismos, nuestras esposas y nuestros compañeros; ha encontrado finalmente el blanco hacia el que debe apunta: el régimen de explotación. Es una rabia sana y franca y no la fuerza maligna que minaba nuestro ser. Es elemento necesario de nuestro amor hacia aquellos para los cuales tratamos de crear un mundo nuevo. Y nuestro afecto ya no está solamente hecho de compasión, protección, consuelo, sino de aliento, solidaridad, ayuda en el combate. Ya no nos amaremos como vencidos crónicos, sino como compañeros de una inmensa y riesgosa empresa llena de esperanza. Y si al final no conseguimos gran cosa como conquistas laborales, al menos conseguiremos lo esencial: descubrimos que la vida puede tener un sentido y que ese sentido es la lucha.
Su ilusión de la amistad y el poder
Hay una inflexión en la saga vital de Zuleta cuando su amigo Belisario Betancur lo llamó a colaborar en su presidencia, lo que le entusiasmó mucho. Se puso a la tarea llegando a asumir vocerías explicativas, y hasta justificadoras del gobernante. A mí me sorprendió el viraje, no por la aceptación del cargo, donde pudo aportar a los derechos humanos y a la paz, sino por la idealización de Belisario.
Cuando Belisario me nombró ad honorem en la Comisión de Verificación del Proceso de Paz con las FARC, pude comprender mejor lo que era una verdad maquillada. La diferencia entre el presidente formal, de talante pacifista, y el presidente real, al servicio del poder a rajatabla, como lo demostró en su actuación ante la combinación de los dos terrorismos en la Toma del Palacio de Justicia, por parte del M-19, y el de la contratoma, por parte de las Fuerzas Armadas. Recuerdo que, ante tan grave desastre, un Zuleta perplejo me hizo el comentario de que Belisario explicaría, contaría la verdad y establecería responsabilidades en un libro. Por mi parte, no le oí ni le leí balance alguno a Estanislao. Siguió colaborando en la paz, en medio de amenazas contra su vida, con Naciones Unidas, durante el gobierno de Virgilio Barco, y lo hizo bien.
Zuleta fue un crítico del estalinismo, sarcásticamente llamaba a Stalin “Pepe Stalin” y le gustaba preguntar descalificando: “¿qué tiene que ver Stalin con el marxismo?” Tampoco fue trotskista, aunque la influencia de este pensamiento en el libro de Mario Arrubla Estudios sobre el subdesarrollo se aprecia en las referencias a Ernest Mandel con la formulación de la ley del desarrollo desigual, libro que alcanzó varias ediciones y fue inicialmente publicado en la Revista Estrategia, de la cual participaba Estanislao como codirector. Existió una tácita identificación sobre la importancia del libro de Arrubla por parte de Zuleta, quien además, escribió un largo artículo sobre la novela de Arrubla La infancia legendaria de Ramiro Cruz.
Es destemplada la respuesta a la pregunta de Delfín Grueso: “Después usted perteneció o simpatizó con el bloque socialista […] Bueno. Yo nunca estuve realmente en ese movimiento. En general nunca me han interesado ni Stalin ni Trotsky, en absoluto, ninguno de los dos”. En efecto, yo era bastante activo en el bloque socialista. Doy fe de que nunca nos propusimos militar con Estanislao. Hay una nota de pie de página en su texto “Reflexiones sobre el fetichismo”, donde descalifica a Trotsky por economicista: “a esto se debe que nunca haya podido llevar a cabo una crítica marxista de la sociedad soviética”.
Bueno, La revolución traicionada, de León Trotsky, no solo es una crítica, sino una obra maestra de la teoría de la transición al socialismo y un estudio profundo de la sociedad soviética que, al parecer, desconoció Zuleta.
Su crítica a Marx
A Zuleta le preocuparon los fenómenos sociales, personales y políticos de la depresión. Cómo el pueblo o las clases trabajadoras se convierten en masa. Para ello, utilizó los análisis psicoanalítico y marxista en varios momentos. A modo de ejemplo, me refiero a un caso en el que ubica como paradigma del análisis político El 18 brumario de Luis Bonaparte, de Marx. Se trata, a su juicio, de uno de los más destacados estudios políticos “que se han escrito jamás si no el mejor”. Subraya la importancia de esta afirmación de Marx que la homologa a la depresión: “los pueblos, que en épocas de malhumor pusilánime gustaban de dejar que los voceadores más chillones ahoguen su miedo interior”, y agrega que se trata de un elemento de explicación de un fenómeno político que resuelta necesario a cualquiera, independiente de la doctrina particular, y que no está haciendo psicologismo.
En su texto “Ética, terror y revolución” existe una ambigüedad al señalar que Marx estuvo tentado por el terrorismo que conduce al totalitarismo. En la discusión sobre los derechos humanos, Marx se opone a esta concepción. Igualmente, señala la identidad de la revolución en Marx con el cristianismo. Su apego al mito, su concepción mesiánica de la historia, la idea de un sujeto salvador del proletariado internacional, y dice que la ética universal es igual en el cristianismo y en el marxismo. Me parece que está hilando delgado, porque hay que distinguir lo siguiente. Dios es un sujeto inaprehensible, no tiene corporeidad alguna, no es reconocible, sino a través de la fe, de las creencias religiosas. No es constatable científicamente. Esto lo aceptan los más avanzados intelectuales católicos y cristianos. El proletariado es un sujeto colectivo, terrenal, perfectamente identificable en un largo periodo histórico, y que opera en la ciudad terrenal, muy lejos de la ciudad de Dios. El mesianismo de Marx descansa en un principio diferente, el de la esperanza, que antropológicamente reconoce que el mundo está inacabado y que lo humano siempre busca la salvación como parte constitutiva de su existencia.
Otra huella de la participación política del pequeño pero influyente Partido de la Revolución Socialista orientado por Zuleta y Arrubla se dio en unas elecciones en la Universidad Libre, donde las ganaron. Con la Universidad Libre tuvo una relación de trato prologado. En la conversación con Delfín Grueso dijo que era profesor de la Universidad Libre desde 1959, “hace veinticinco años”. Para subrayar su conocimiento de los revolucionarios de la época, destaca a los hermanos Vásquez Castaño. También señala a Camilo Torres Restrepo de forma peyorativa como el hombre más terco que ha conocido en su vida, pero era buen amigo suyo.
En la Libre, Zuleta compartió con Hernando Llanos y Diego Montaña Cuellar. A su vez, tuvo amistad con el rector Gerardo Molina.
Recuerdo otra circunstancia: a propósito de mi nombramiento como decano de la Facultad Nacional de Derecho, un grupo de mis antiguos profesores me invitaron a un homenaje en el hotel Obelisco en Cali. Yo presenté una conferencia sobre la justicia, y para mi grata sorpresa, en la primera fila del auditorio estaba Estanislao. Al final, con la copa de vino de la celebración, comenzamos a dialogar sobre el tema de mi disertación. Él insistió y profundizó sobre la importancia de las libertades a partir de Kant. Es lo que está en su artículo sobre Kant y Marx. Simplificando el sentido de su argumento, se trataba de realizar el matrimonio entre estos dos pensadores, lo que, traducido en categorías del derecho y la política, vienen a ser la libertad y la igualdad. Esta última, la igualdad, tomó en la conversación la dimensión de la justicia en los términos de mi exposición. Ya solos, comentamos los alcances del problema y sus desarrollos bajo la batuta de Zuleta, quien solía ser el interlocutor principal. En mi caso, porque era quince años mayor que yo y tenía una mayor cultura, aunque conmigo cargaba una rica experiencias de luchas y estudio.
Terminamos cenando en el conocido restaurante popular el Bochinche, donde Zuleta, en pleno uso de sus facultades, y con la solemnidad que también solía ejercer, me dijo, para mi sorpresa y satisfacción, de manera seductora, pues era música de Chopin para mis oídos: “¡Ricardo, fundemos un partido nuevo con estas ideas!” Yo estaba comprometido con mucho interés en la decanatura de la Facultad Nacional de Derecho y se lo manifesté. No podía asumir la responsabilidad de la empresa de un nuevo partido político, pero le dije que contaba con mi apoyo. Zuleta tenía ganas de la acción política. Su postura había evolucionado, acerando su crítica al capitalismo, pero modulando su perspectiva de la revolución con la incorporación de los derechos humanos y la democracia.
El crítico criticado
La filiación teórica de Zuleta es motivo de permanente controversia. Él va construyendo un pensamiento complejo, esta es la clave. En algún momento, o en varios momentos, nos recuerda que Marx ha fundado una nueva teoría de la historia, no un fulanismo. Lo sabemos bien porque el autor de El Capital lo dijo: “Yo no soy marxista”.
Marx era historiador, economista –conoció al dedillo la economía política clásica y los fisiócratas–, también fue filósofo y conocedor de las artes, las literaturas y los debates de las ciencias naturales. Así, y en conexión con el movimiento obrero de su época y la revolución, forjó su complejo pensamiento: la historia materialista.
Zuleta hace lo propio asumiendo los desarrollos de los saberes, las ciencias, las filosofías, el psicoanálisis, la antropología, la sociología, también la literatura y el arte. Construyó su propio pensamiento complejo en varias columnas vertebrales. Lo principal de su obra descansa en el marxismo. No solo sus estudios sobre la obra de Marx, sino su aplicación y diálogo con otros saberes, los estudios de economía colombiana, el seminario sobre Thomas Mann que, al decir de Eduardo Gómez en su introducción a la primera edición, descansa en el marxismo. Algo parecido subrayé en mi comentario a estas conferencias. En relación con el psicoanálisis, es iluminador su ensayo de juventud “Marxismo y psicoanálisis”, que él apreció mucho, y que fue publicado inicialmente en la Revista Estrategia. En su entrevista “La educación, un campo de combate”, realizada por Hernán Suárez, su más importante reflexión sobre el tema, el autor declara su deuda intelectual con la teoría de Marx de la fuerza de trabajo. Al igual se apoya de manera destacada en el libro de Samuel Bowles y Herbert Gintis: La instrucción escolar en la América capitalista. Para un texto de 1985, que fue pensado por Zuleta y el editor como una especie de manifiesto para la acción de los educadores, publicado en una versión abreviada en la Revista Educación y Cultura, de la combativa Federación Colombiana de Educadores, Zuleta decide poner sobre la mesa sus credenciales teóricas. Como era un pensador creativo, critica a Freud por no haberse referido a la educación, y en cambio destaca de manera magnífica un texto de Honoré Balzac: “Melmoth reconciliado”.
En el método literario que usó como parte de su pensamiento, Zuleta integró también el psicoanálisis de Freud, que estudió en profundidad: digo método literario porque lo fundamental es lo que proponen los propios autores: Mann, Dostoievski, Tolstoi, en fin. De su lectura de Freud queda su libro: El pensamiento psicoanalítico y otros textos que, leídos a día de hoy, exhiben un manejo claro del tema y de una estupenda exposición. Allí va a decir sobre Freud: “la posición de búsqueda de sentido es lo que permitió hacer su obra. La búsqueda de sentido hasta el fin”.
Para mí, sus escritos sobre Marx son de lo mejor de su legado; no una apología, tampoco un negacionismo, sino un pensamiento crítico. Lo que buscó en su saga vital fue integrar el pensamiento complejo de Marx a las revoluciones teóricas de los nuevos tiempos. Se trata de una clave. Su recuperación del individualismo en Marx es desafiante y esclarecedora. Su estudio sobre el método en la economía política es riguroso y exigente; valioso su comentario sobre el fetichismo; la teoría del reflejo; Marx Ahora, para destacar su actualidad y la necesidad de completarlo críticamente. También de manera notable está su conferencia sobre las relaciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, donde da claves para la deconstrucción de la técnica capitalista.
El artículo Para una concepción positiva de la democracia, de 1989, le permite a Zuleta recoger la cuerda de su concepción sobre Marx:
Creo no exagerar al decir que Marx no comprendió la importancia de los derechos humanos […]. Pero no pudo aceptar que también con el derecho y las instituciones políticas se dieran avances que transcendieran muchos más allá, que sobrepasaran las condiciones económicas en las que se originaron. [cursivas fuera del texto original]
Bien es cierto que Marx nunca aceptaría aquello de que trascendieran mucho más allá. En Sobre la cuestión judía reconoce el avance que significan los derechos humanos al lograr la emancipación política, pero manteniendo la explotación social. Hay ciudadanía para ejercer los derechos históricamente restringidos para las mujeres, por ejemplo, pero no para lograr la igualdad. Lo que recuerda que la emancipación política y jurídica no es la emancipación social; puede ser su comienzo.
En un texto de madurez, Crítica del Programa de Gotha, que Zuleta también cita para fortalecer su argumento, Marx define acertadamente los alcances del derecho, sus límites, porque nunca trascienden mucho más de las condiciones económicas. Aun en la transición al socialismo, el derecho sigue siendo burgués, aunque haya avances. Es diferente el razonamiento de Marx al que le atribuye Zuleta. Agreguemos la consideración de Marx frente al gran acontecimiento de la segunda revolución norteamericana, la cual abolió inicialmente la esclavitud. Marx señaló su avance, su progreso, e incluso elogió políticamente, a través de la Asociación Internacional de Trabajadores, la gran personalidad del presidente Abraham Lincoln. Existe un modelo de análisis constitucional de Marx sorprendente en su actualidad, y es el que dedicó en los Escritos sobre España a la Constitución de Cádiz de 1812, valorándola como positiva.
Ernest Bloch, el filósofo del principio de esperanza, resignifica la postura de Marx sobre los derechos humanos al afirmar que la libertad para este autor es liberación de la opresión, y que la opresión es causada por la desigualdad y sus efectos.
Hay que reconocer que Zuleta enmienda la plana en el mismo artículo al señalar la validez de la crítica de Marx a los derechos humanos y afirmar que las libertades quedaban en letra muerta si no se tenían los medios materiales para ejercerla. En segundo lugar, acertó en la crítica mordaz al individualismo-utilitarista. Pese a todas las modulaciones y retrocesos en la lectura de Zuleta sobre el alcance del pensamiento de Marx, su artículo termina exaltando el imperativo categórico: ¡atreverse a pensar!, y el imperativo marxista: ¡cambiar la sociedad! “Son sin duda parte esencial de nuestra herencia política. Pero ni un liberalismo kantiano ni un socialismo marxista son suficientes hoy, por sí solos, para construir una izquierda democrática”.
Zuleta le dio tanta importancia al pensamiento de Marx que declaró, a propósito del análisis psicoanalítico, que no se puede hacer un estudio de la vida social de manera independiente de lo económico:
tendríamos que apoyarnos, a mi juicio, en lo mejor que hay, la economía de Marx. No conozco nada mejor en cuanto crítica a la racionalidad capitalista. Y no creer, cosa que no le ocurría a Marx, que esa sociedad era racional y que, por tanto, había que estar contra la razón, que es lo que se tiende a predicar hoy.
De Zuleta se puede afirmar, parafraseando lo que él dijo de Thomas Mann: “Es hermoso que un hombre así haya existido”, y que lo hayamos conocido. La universidad y el país necesitan más Zuletas. ¡Cuánta falta hacen! Él fue un pensador crítico y por ello mismo tomó partido contra el sistema realmente existente en lo económico y cultural, en una perspectiva del movimiento de las ideas y de las luchas.
* Artículo adscrito al Grupo de Investigación Filosofía del Derecho y Teoría Jurídica, de la Facultad de Filosofía de la Universidad Libre – Bogotá, D. C. (Línea de Investigación: Política y Derecho). Esta investigación fue socializada evento “Estanislao Zuleta. 30 años”, el día 17 de febrero de 2020, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia.



