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Trump y Epstein: una relación perversa que continúa generando preguntas

El caso Epstein es algo más repugnante que una serie de crímenes individuales: expone la corrupción estructural, la impunidad de las élites y el poder de los pactos de silencio. La presencia de él en el caso es un símbolo de la ambigüedad moral del poder. Hoy, Trump tiene, además, una condena y seis juicios pendientes, algunos en apelación y otros suspendidos.


 Hoy, a más de cinco años de la muerte del pederasta Jeffrey Epstein, el escándalo de tráfico sexual de menores que sacudió las élites políticas y económicas de Estados Unidos sigue proyectando una sombra pecaminosa sobre múltiples figuras públicas. Una de ellas, aunque todavía sin acusación judicial, es el expresidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump.

Su reconocida relación social con Epstein, sumada a los cambios de postura en sus declaraciones y las permanentes publicaciones en medios y redes sociales, han alimentado una controversia que todavía no termina y ha tenido efectos políticos y simbólicos de gran calado.

Trump y Epstein se conocieron en la década de 1980 y compartieron círculos sociales en Palm Beach, Florida. Ambos eran figuras reconocidas en el ambiente de lujo, fiestas privadas y clubes exclusivos. En 2002, Trump declaró al New York Magazine que Epstein era “un tipo estupendo” y que le gustaban “las mujeres tanto como a mí, y muchas de ellas jóvenes”.

Esa cita se volvió viral años más tarde, cuando Epstein fue arrestado en 2019 por cargos federales de tráfico sexual de niñas menores de edad. Aunque Trump, como otros personajes, rompió vínculos con Epstein poco antes de ese arresto (aparentemente tras una disputa en Mar-a-Lago), la frase permanece como un recordatorio de la cercanía y la depravación de ambos.

Hasta ahora, Trump ha maniobrado de diversas maneras para evitar ser acusado formalmente como cómplice de los crímenes por los que fue procesado Epstein. Sin embargo, su nombre sí ha aparecido en documentos judiciales como parte de los círculos de relación de Epstein, al igual que decenas de otras figuras públicas, incluyendo políticos demócratas, republicanos, científicos, empresarios y celebridades diversas.

Una acusación civil de 2016, interpuesta por una mujer que usó el seudónimo “Katie Johnson”, alegaba que Trump y Epstein la violaron cuando tenía 13 años. Sin embargo, la demanda fue retirada voluntariamente antes de llegar a juicio y nunca se presentó evidencia concluyente. Posteriormente, la abogada de la demandante alegó que su clienta había recibido amenazas, lo que generó más confusión pero sin consecuencias judiciales concretas hasta ahora.

La carga política del escándalo

Aunque el caso Epstein afecta a múltiples actores —entre ellos, el príncipe Andrew del Reino Unido y el expresidente Bill Clinton—, el nombre de Trump suele ser el más visible debido a la encumbrada posición que ocupa.

Su cercanía con Epstein encaja en el patrón de acusaciones pasadas de conducta sexual inapropiada e inmoral, como las que han presentado más de una docena de mujeres a lo largo de los años, y que Trump siempre ha negado.

Trump ya ostenta una condena penal por falsificación de registros comerciales. Le imputaron 34 cargos y fue hallado culpable en todos el 30 de mayo de 2024, por parte de la Corte Penal del Estado de Nueva York, presidida por el juez de origen colombiano Juan Merchán. Los fiscales argumentaron que Trump falsificó registros contables de su empresa para ocultar estos pagos como “gastos legales”, cuando en realidad eran para influir ilegalmente en las elecciones presidenciales de 2016.

Actualmente, Trump tiene pendientes seis juicios, algunos en apelación y otros suspendidos.

Paradójicamente, Trump ha utilizado el caso Epstein como argumento contra otros. Ha acusado a figuras del “establishment” demócrata de proteger a Epstein, y ha sugerido —sin pruebas— que su muerte en prisión fue un encubrimiento.

Un caso no cerrado en la memoria pública

El caso Epstein representa algo más profundo que una serie de crímenes individuales: expone la corrupción estructural, la impunidad de las élites y el poder de los pactos de silencio. En ese sentido, la mención de Trump sigue siendo un símbolo de la ambigüedad moral del poder.

En el contexto de su regreso político, este tipo de vínculos pasados resurgen como hechos criminales y también como parte del discurso público sobre transparencia, ética y credibilidad. La pregunta no es sólo qué hizo Trump, sino qué representa haber estado cerca del epicentro de uno de los escándalos más oscuros y repugnantes del siglo XXI.

Donald Trump aún no ha sido procesado en el  caso Epstein. Pero su presencia en ese círculo social, su volátil historial de declaraciones, y el peso simbólico de su figura, mantienen viva la controversia en la opinión pública. En una era donde la verdad compite con la percepción, el caso Epstein seguirá siendo una sombra que habla menos de legalidad que de las zonas grises del poder.