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Aracataca, Muchos Años Después

A la sombra de García Márquez

 I. Mulford

 Recorro la carretera solitaria y angosta que atraviesa las plantaciones de banano, las mismas que incubaron la matanza de las bananeras y por las que no ha dejado de correr la sangre. Metros después de la última plantación, al pasar la curva más pronunciada de la carretera, una inmensa valla amarilla exhibe el retrato de Gabriel García Márquez, jovial y vivaz, al lado de un texto suyo que reza:

 Me siento latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar a la nostalgia de mi tierra, Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra.

La valla es un material anuncio de que estoy en la capital del mítico reino, el territorio febril en que los muertos persiguen a sus asesinos y las doncellas levitan a los cielos,

El sol gruñe en lo alto del cielo, pero mientras recorro el camino corto hacia la plaza central, constato sorprendido que ha comenzado a llover. Es una lluvia fina, cuyas gotas son como piedrezuelas de oro que azotan la arena, mientras la luz solar continúa desbocándose porfiadamente sobre Aracataca.

Es lo primero que me dice mi anfitrión, Robinson Mulford, quien me ha recibido sentado en una mecedora en el portal de su casa, retando en camisilla los cuarenta y tres grados centígrados de aquel hirviente mediodía.

-Sol de viejos que se casan.

Es la creencia ancestral de la tierra: sol con lluvia, matrimonio de viejos. Por supuesto que a esa hora, con aquel calor demoníaco, nadie, ni joven ni viejo, osaría casarse. Pero la última vez que llovió con sol, en una fresca tarde de confetis y arco iris, el veterano músico de acordeón Francisco Rada, de noventa y tres años, se casó con Aída Martínez, de cincuenta y seis.

Mulford es el cataqueño que más admira García Márquez y que mejor conoce su obra. Pero lo encuentro contrariado, vociferando contra todo y contra todos: contra el alcalde, que no termina las obras para que pueda reabrirse la casa natal de García Márquez, contra los funcionarios del gobierno nacional que dejaron el museo a medio construir; contra sus coterráneos que son indiferentes ante semejantes logros literarios; contra <<este pueblo de mierda que no se merece a Gabito>>.

Mulford le pide a su mujer que le brinde al forastero un jugo de mango. La observo entonces que camina hacia el amplio patio, estira la mano con una cierta apatía hogareña, y arranca del árbol cinco enormes mangos amarillos de pintas rojas. Luego escucho la música de la licuadora que tritura el hielo y mangos, mientras Mulford me cuenta.

Como profesor de literatura en Aracataca, su vida está llena de viejas y nuevas frustraciones. En julio pasado, con motivo de la muerte de Eligio, el hermano menor de García Márquez, Mulford intentó hacer un sondeo con más de cien estudiantes de bachillerato, a quienes les preguntó datos elementales sobre la obra y biografía del escritor. <<Sólo tres de ellos sabía quién era García Márquez>>, dice Mulford. Cuenta también que su experiencia ha sido tan frustrante, que ya ni siquiera les ordena a sus alumnos que lean Cien años de soledad ni menos cualquier otra de las obras del Nobel. Parece extraído de cierta prodigiosa imaginación, pero es cierto: en Aracataca no se vende un solo libro de García Márquez.

-Me tocaba a mí prestárselos –cuenta Mulford con ojos de desconsuelo-. Ya se me habían perdido varios.

Ni el gobierno municipal, ni autoridad alguna de Aracataca, le presentó condolencias al Nobel con motivo de la muerte de su hermano. El profesor Mulford le envió dos telegramas.

El jugo resulta exquisito, una bebida impregnada de toda la fuerza de esa tierra fértil, la misma que produce ochenta y cuatro millones de fruta de exportación al año. Mulford me invita a que iniciemos lo que él denomina con sorna <<la ronda turística>>. La primera parada, el denominado <<Parque de Remedios La Bella>>.

II. El parque

Queda junto a la estación del tren. Es un terreno tapizado en malezas y plantas de yuca que se han atrevido a nacer donde nadie las ha invitado. Allí, en medio de la vegetación invasora que parece estarse devorando lentamente a Aracataca, se erige el Monumento a Remedios. Elaborado en basto cemento, es una inmensa réplica del libro Cien años de soledad, sobre el cual se levanta la figura levitante de una hermosa mujer, sus genitales cubiertos por mariposas, una estampida de sábanas y cabellos revueltos entre el viento. A su lado, en pomposas letras, está un texto que comienza con la frase: <<La casa se llenó de amor>>. Es el renombrado fragmento en el que García Márquez se otorga licencia de poeta y relata lo que ocurrió en la casa y en el corazón de Aureliano Buendía cuando llegó Remedios. Pero no Remedios La Bella, la misma que en efecto levitaría, pero tres generaciones más tarde. El fragmento literal corresponde en realidad a Remedios Moscote, la niña que desató la pasión de Aureliano y que jamás levantó un milímetro del suelo. Aquel parque solariego alberga entonces una errata monumental, cometida en letras góticas. Como si fuera poco, el nombre de García Márquez brilla por su ausencia. En su lugar, está el funcionario responsable del monumento: <<José A. Martínez, Alcalde 92-95>>.

III. <<El Éxito>>

A diez cuadras de la errata monumental, queda la papelería El Éxito, lo más parecido a una librería que existe en Aracataca. Es un cuchitril caluroso en cuyos polvorientos anaqueles se amontonan útiles escolares y de oficina, jamás un libro. Una vendedora parsimoniosa me mira con ojos confundidos cuando le pregunto por las obras de García Márquez.

-¿García qué?

No pregunto más. El profesor Mulford me informa que el punto más próximo en el que se consigue una obra de García Márquez es el pueblo de Fundación, a quince kilómetros de Aracataca. Lo único que abunda en el pueblo, además del banano, son unas gigantescas toallas playeras que se venden en la carretera y en las principales esquinas. La más popular de todas exhibe un retrato de la cantante Madonna. Me abstengo de preguntar si hay toallas de García Márquez. De haberlas estarían a la vista. Mulford siente que ha hallado al interlocutor ideal para relatar sus desventuras de gabólogo solitario. En 1982, cuando la radio colombiana amaneció jubilosa con la noticia de que García Márquez acababa de convertirse en el primer Nobel colombiano, el buen profesor salió regocijado a la calle, esperando a encontrarse a un pueblo de fiesta. Pero no. Lo único que halló fue a un grupo de alcohólicos en una esquina que se burlaron de él.

-¡Mulford! –le gritaron-. ¿Ya supiste que tu marido ganó el Nobel?

Desde entonces, así como prospera la maleza alrededor del monumento, en Aracataca ha ido creciendo un sentimiento de rencor hacia su hijo más ilustre. En una tierra de mentalidad paternalista, acostumbrada de alabar gestos como el de aquel boxeador que gestó la luz eléctrica para su pueblo, muchos le reprochan a García Márquez que no haya usado su poder y sus influencias para lograr una gran obra en Aracataca. Armando Zabaleta, compositor de música vallenata, escribió una diatriba musical que, entre otras cosas dice:

Al escritor García Márquez

hay que hacerle saber bien

que uno la tierra a’ onde nace

es la que debe querer…

IIIV. La violencia

Mulford tiene ocupaciones y por ende me deja solo en el fantasmal Aracataca de la una de la tarde. Ha cesado de llover y la temperatura sobrepasa los cuarenta y cinco grados centígrados. El pueblo se resguarda en sus casas, como si hubiera un monstruo suelto en la calle. Un ama de casa solitaria opta por ignorar la bestia, mientras lava ropa en la acequia que atraviesa el pueblo. A través del hirviente pavimento de tres cuadras, alcanzo pronto mi próximo destino. Es una casa amplia que desde afuera parece vacía, con cuatro inmensas puertas de madera gruesa, que parecen resguardar con celo el dolor que allí adentro alberga. Bajo los árboles frutales del patio está parqueado desde hace ocho años un desvencijado jeep Willys, con su techo de lona forrado en guayabas podridas y de tres llantas pinchadas. Es el vehículo de Lucho Rivera, un cataqueño que jamás pudo emplear los cinco idiomas que aprendió por sus propios medios. Antes que explotar su condición de políglota empírico, Lucho solía ganarse la vida con aquel caballo de metal, que utilizaba para hacer viajes entre Aracataca y la vecina Sierra Nevada de Santa Marta. En uno de esos viajes, Rivera fue obligado a conducir a un guerrillero herido al hospital de Fundación. Seis días después, mientras se encontraba en la gallera Macondo, de propiedad de su amigo Rafael Daconte, Rivera vio aproximarse una camioneta Chevrolet blanca. De inmediato la reconoció. Era la que desde hacía unos días se había dado a conocer como <<la palomita de la muerte>>, automóvil de los paramilitares que libran una guerra sucia contra las guerrillas de la Sierra. Mientras destapaba una cerveza, Rivera le susurró a Daconte:

-Sentémonos aquí para patearnos el show.

Desprevenido como andaba, Rivera ignoraba que el protagonista del macabro espectáculo iba a ser él. Aquel beatlermaníaco de pueblo, poeta sin pretensiones, no tuvo ni un pálpito de que la muerte se le venía encima y que él había elegido sentarse en primera fila, con ojo morboso, a presenciar la arremetida final. Fueron cuatro balazos, disparados por un arma de un calibre que la precaria investigación jamás pudo precisar. Cuatro balazos que retumbaron entre las plantaciones eternas de la zona, la misma zona tapizada del oro vegetal que hace setenta y tres años se estremeció con la matanza de obreros en la estación de Ciénaga y que hoy todavía siente los tremores de las visitas periódicas de la muerte. En aquel entonces fueron los trabajadores que luchaban contra las multinacionales, que pagaban salario de miseria y en especie. Hoy, los protagonistas no están claros. Más bien se revuelven en un torbellino incierto de barbarie desmedida: guerrilleros sin ideología agazapados entre la Sierra; paramilitares feroces que primero matan y después preguntan; delincuentes comunes que pescan en río revuelto; uniformados del Estado de rifle suelto y cabeza caliente; una violencia muy distinta a la que marcaría para siempre a García Márquez, pero con el mismo monarca ancestral: Su Majestad el banano, con su corte real de dólares y sangre. Esa tarde de 1993, luego de los disparos que le arrebataron la poesía, los cinco idiomas y la vida a Lucho Rivera, la blanca paloma voló y continuó con su cruzada mortal, dejando un charco de sangre y la algarabía de los gallos en la gallera Macondo.

V. La casa

Opto entonces por visitar la casa natal de Gabriel García Márquez. Me cuentan que la original, la misma que albergó los embriones literarios del escritor, ya no existe. Fue demolida antes de que García Márquez se volviera famoso, dando paso a una nueva vivienda igual de sencilla, pero de cemento. En 1983, por una gestión del entonces presidente de la República Belisario Betancur, la casa de madera fue reconstruida detrás de la nueva de cemento. La intención era convertirla en museo. Pero hace dos años, la casa de cultura de Aracataca entró en remodelación y fue necesario trasladar libros y muebles hacia la casa de García Márquez. Éstos fueron arrumados en la última habitación, la puerta cerrada con candado. Por escasez presupuestal, la alcaldía de Aracataca debió paralizar las obras de la casa de la cultura. Total: la casa museo del Premio Nobel quedó cerrada indefinidamente, a la espera del instante remoto en que la otra casa sea culminada. Un busto del escritor yace, sin pompa ni pedestal, en el suelo de la oficina del director. La base presenta una grieta vergonzante. La nariz del Nobel está rota. Lo único original allí de los tiempos del coronel Nicolás Márquez se levanta en el patio y no depende de funcionario alguno: el colosal árbol de pivijay, del que cuelgan bejucos como las barbas de un anciano y cuyas ramas rozan el cielo. Cerca de allí, en la llamada Casa del Telegrafista, funciona el núcleo local de la secretaría de Educación. Desarmado en cuatro partes, sin grasa ni pintura, el telégrafo que una vez le perteneció a Gabriel Eligio, el padre de García Márquez, descansa sobre una mesa, en la habitación del fondo. No hay leyenda que lo identifique.

VI. En tren

Allí cerca permanece en el olvido la estación de tren de Aracataca, la misma que fue el centro de la vida febril de Macondo. Sus pareces descascaradas albergan soledad y olvido, además de un arrume de rieles oxidados. No obstante, un tren pasa por allí. No aquel tren lento y pesado que García Márquez describió como <<una cocina que arrastraba a un pueblo>>. Es el tren de la compañía Drummond, que recoge el carbón en el sur del vecino departamento del Cesar, atraviesa la zona bananera y lo deposita en el puerto de la compañía en el Caribe. Diariamente pasan veintiséis viajes del tren por Aracataca, uno cada cincuenta minutos, con su carga de cien vagones y quinientas toneladas de mineral, a una velocidad supersónica de setenta y cinco kilómetros por hora. La vieja línea férrea ha sido reconstruida y protegida con un enmallado a lo largo del casco urbano. Los cataqueños solo pueden pasar de un lado a otro a través de dos vías peatonales y otras dos vehiculares. El proyecto los ha tenido furiosos. Cuando se anunció su implementación, un grupo de lugareños envió una carta al alto gobierno pidiéndole que interviniera en el asunto. <<Es una trampa humana para la población infantil>>, expresó el líder Isidro Orozco. <<Que lo desvíen de Aracataca, como han hecho en Fundación y Ciénaga>>, pidieron los cataqueños. Jamás hubo respuesta. Hoy, el tren carbonero se ha convertido en objeto permanente de la presión de la guerrilla hacia la Drummond. Varias veces ha sido volado con dinamita, mientras la Drummond rehúsa pagar la llamada vacuna guerrilla.

VII. Los amigos

El <<Mono>> Toddaro ya murió, pero quedan el <<Loco>> Valle y los gemelos Pérez Yance, los mismos que fueron amigos de García Márquez a una edad en la cual el escritor se destacaba más en las clases de dibujo que de gramática. Gabo se fue del pueblo a los ocho años y solo ha vuelto a verlos unas tres o cuatro veces. Pero ellos han fortalecido el vínculo: el <<Loco>> Valle, con su elementalidad de sepulturero y ayudante del forense, recuerda que cuando ganó en Nobel, visitó el pueblo y se sentó en un sardinel a beberse media de ron Caña con ellos.

Pero el mejor cuento de los amigotes de Gabo tuvo lugar en ausencia del escritor. Una noche lluviosa, antes de la muerte del <<Mono>> Toddaro, los cuatro estaban bebiendo y se acabó el ron. Hicieron un sorteo y al gemelo Lucho le correspondió no solo salir a comprar el licor a caballo en medio de la tempestad, sino conseguírselo fiado. El gemelo llegó a una tienda en el barrio 20 de Julio, le tocó la puerta a la dueña y le dijo: <<Imagínese doña que acaba de llegar García Márquez y no tenemos ron para atenderlo. Aracataca va a pasar una vergüenza…>>. El argumento resultó contundente. Hoy el Mello Lucho recuerda que salió de allí triunfal, con media caja de ron caña: <<Bebimos dos días por cuenta de Gabo… y todavía no hemos pagado>>.

En una de sus visitas a Aracataca, el Nobel accedió a firmarles un vale a sus amigos para que compraran una caja de ron. <<Vale por 12 botellas de ron Caña. Pagadero en Estocolmo. Gabriel García Márquez>>, decía el documento. Ningún tendero quiso recibirlo, pero hoy, muchos años después, ellos dicen que no lo cambian ni por todo el banano del mundo.