La vida bandolera
En septiembre de 1962 Teófilo Rojas, alias <<Chispas>>, uno de los bandoleros más controvertidos (el único que estuvo a punto de dar el salto hacia la guerrilla de orientación izquierdista), escribió en respuesta a un mensaje de la reina nacional de belleza, Olga Lucía Botero, quien lo invitaba a poner fin a sus actividades:
Nuestra lucha será en lo sucesivo de pobres contra millonarios, de oprimidos contra opresores: lucha social, en la cual quedan excluidos todos aquellos infames atropellos que viene realizando la oligarquía con las Fuerzas Armadas a su servicio y que la <<gran prensa >> estimula en sus publicaciones. Que los dineros que se malgastan persiguiéndonos se dediquen a aliviar la tremenda miseria a que nos han llevado los indignos gobernantes. Muera la oligarquía de todos los partidos. Viva la revolución social. Nuestra lucha, bella soberana, es a favor de los explotados.
La respuesta fue puesta en duda. No solo porque Chispas era semianalfabeta (y difícilmente se podía concebir un texto suyo en esos términos) sino porque sus acciones no se compadecían con sus palabras. Y eso hizo pensar que detrás de él había elementos interesados en manejarlo a su antojo. En todo caso, fue su perdición y su sentencia de muerte.
Rechazado por la gente de su propio partido, el liberal, que no veía con buenos ojos su nuevo rumbo ideológico; perdio el apoyo de los hacendados que inicialmente lo habían protegido, presionó a los campesinos en busca de dinero para su causa y la respuesta fue la delación.
Un día, a finales de ese mismo año, compareció ante el Batallón Cisneros un angustiado padre de familia y antiguo simpatizante del bandido. El campesino (cuyo nombre nunca fue dado a conocer) mostró al oficial que lo atendió una carta en la cual Chispas lo amenazaba de muerte si no cedía a sus pretensiones. Estaba enamorado de su hija y dispuesto a secuestrarla si no se la entregaba por las buenas. Le daba quince días de plazo (que se cumplirían hacia mediados de enero de 1963) al cabo de los cuales iría por ella <<contra viento y marea>>, dispuesto a jugarse el todo por el todo. La carta fue leída muchas veces y de ahí salió un plan.
El delator regresó a su casa debidamente adiestrado sobre lo que debía hacer. En primer lugar contestar al bandido anunciándole que estaba dispuesto a entregarle la muchacha con tal de que nada le pasara a él ni a su familia. Y, en segundo lugar, fijando una fecha para la entrega de ésta que sería el 22 de enero en su propia casa. El anzuelo a Chispas no daba muestras de que éste pudiera recelar y, por el contrario, sus términos reflejaban una extremada sumisión de sus designios.
El ejército, a través de un sutil espionaje, descubrió los desplazamientos de Chispas por los alrededores de Albania, de inmediaciones a Calarcá, hacia mediados de enero. Aún le quedaban algunos amigos y se supone que éste se ocultó allí varios días, sin atreverse a arrimar a la finca El Porvenir, donde vivía su amada. Al parecer, allí todo transcurría normalmente, pero la quietud y la soledad de la vereda eran sospechosas. Uno puede suponer que Chispas intuyó que estaba a punto de caer en una trampa por varias razones,
No otra cosa podía esperar, considerando los frecuentes patrullajes del ejército en los alrededores y la campaña de desprestigio de su nombre que éstos iban sembrando entre los campesinos. Según su decir, se le <<rebajó a escalas degradantes y me achacaron crímenes que no cometí>>. Así lo dejó consignado en una carta encontrada en su bolsillo, junto con dos significativas fotografías de personas que eran los símbolos de su máximo odio y su más grande entusiasmo de los últimos tiempos.
Teniendo en cuenta el previo conocimiento del terreno sobre el que iba a operar, se organizaron cuatro patrullas del Batallón Cisneros y se dispersaron por los cuatro puntos cardinales de Albania. <<Debían comunicarse entre sí por medio de radio, pito, bengalas y disparos cuando tuvieran ante sí el blanco de la operación>>, anota muy acertadamente uno de sus biógrafos.
El ejército marchó a pie por entre los cafetales, cerrando el cerco sobre los alrededores de la finca El Porvenir, de tal manera que este no se diera cuenta. Estaban las cuatro patrullas bien armadas y adiestradas para el golpe.
Chispas decidió atravesar la zona de candela en la mañana del 22 de enero de 1963 y llegó a la casa de sus futuros suegros, acometido por la ira y echando fuego de sus ojos color melcocha. <<Ese hombre echaba chispas por los ojos, mesmamente que si fueran carbones>>, reveló el delató en entrevista posterior con las autoridades. (Dicen que de sus rabietas y de la especial colocación de sus ojos proviene el alias que Teófilo Rojas llevaba con orgullo). Llegó solo, el pecho atravesado por una doble hilera de cananas, repletas de munición, tocado con un sombrero de vaquero, tres granadas y botas militares.
Se presentó muy de mañana y se hizo atender como si fuera de la casa. Le regaló a su <<futura>> una cadena y un anillo de oro y hacia el mediodía, cuando se sentaron a almorzar en común, era un hombre distinto: sonreía y hablaba sin parar. Tenía grandes proyectos: hacer la revolución, toparse frente a frente con Efraín González, a ver cuál de los dos, si éste, representante de los gamonales, o él, auténtico líder popular, era más macho. Una y mil veces juró que González se la tenía que pagar y habló largo de sus traiciones al pueblo y de la dirección que había dado a la lucha, echando por tierra el <<Pacho de Salento>>, donde habían acordado que su único enemigo eran las Fuerzas Armadas. Estaba seguro de ser, en un futuro cercano, el revolucionario más célebre de Colombia y necesitaba a su lado una mujer que lo estimulara y lo acompañará en la soledad de la montaña. El antiguo Chispas (contó después el delator, su <<suegro>>) era apenas una referencia del pasado, el primer peldaño hacia la revolución.
Se tomó unos tragos y hacia la media tarde, después de despedirse efusivamente de su <<suegra>>, emprendió el camino y se internó en el cafetal. Iba a delante, seguido de Ángela y más atrás del padre de ésta.
Hacia las cinco y media Chispas y sus compañeros fueron avistados por la tropa. Estaba ya oscuro cuando la patrulla se distribuyó, proporcionalmente, a lado y lado del cafetal. Se hincaron sobre la tierra aún cálida por el fuerte sol y apuntaron, en medio del más absoluto silencio, esperando la orden de su comandante.
¿Sospechó Chispas que lo espiaban? No se sabrá nunca. Pero interiormente, a juzgar por la forma como se movía y por las cosas que iba diciendo, estaba contento. A su lado marchaba, erguida y orgullosa, su futura mujer. No habían caminado más de media hora cuando el bandolero súbitamente se detuvo para decir:
-Bueno, viejo, basta ya. Puedes devolverte. De aquí en adelante la china es mía y usted mi suegro. Puede estar tranquilo. Nadie va a joderte la vida. Yo mando en media República y las órdenes de Chispas se cumplen o la milicia se acaba.
El viejo obedeció, pero estaba en vilo. Su hija se le acercó para besarlo en la mejilla y le dijo al oído, quedamente.
-Tranquilo, papá, yo sabré escurrirme en el momento oportuno.
-Cien pasos más- le aconsejó el viejo.
Se despidió de Chispas y se quedó quieto, petrificado, mirando hacia la oscuridad.
Teófilo Rojas tomó a la mujer por el brazo y caminaron uno junto al otro. Pero cincuenta pasos más adelante ella se detuvo.
-Tranquilo –le dijo-, vete adelante, señálame el camino. No quiero tropezar.
Chispas la soltó, se distanció unos metros y cuando notó que ésta se quedaba de nuevo, se volteó para decirle:
-¿Qué te pasa? Vamos pronto, mujer, que nos coge la noche. A mí no me conviene andar en la oscuridad.
-Tranquilo –repitió la mujer-. No te preocupes. Sigue adelante que yo voy detrás paso a paso.
Chispas reanudó la marcha, inquieto, desdibujado por las sombras. Algo se movió en la espesura y se detuvo súbitamente a unos diez pasos de la mujer. Entonces, le gritó:
-Vamos pronto que se hace tarde.
No alcanzó a decir más. Un disparo se escuchó en el cafetal y sintió un vacío terrible, un agujero en el cuerpo y después otro y más. Le fallaba la respiración, se le escapaban las fuerzas, la vida. Desde el piso vio que la mujer corrió espantada.
-¡Me mataron a traición! –gritó desesperado, tratando de echar mano de su arma.
-¡Quieto!- le gritaron. Después sintió otros disparos.
En los bolsillos de Chispas el ejército encontró una carta donde relataba paso a paso su última andanza. Estaba fechada a comienzos de enero y no tenía destinatario. Parecían los apuntes de un diario. También encontraron los retratos de Efraín, su máximo enemigo, y del Che Guevara, su último afecto. Por detrás de las fotografías dos breves leyendas. En la de González decía: <<No descansaré hasta verte muerto>> y en la del Che: <<Jefe, señálame el camino>>. En la billetera, además de unos billetes, encontraron una estampa de la Virgen del Carmen y una medalla de San Martín de Porres. En el bolsillo de atrás, protegido por un plástico, un pequeño folleto: Guerra de guerrillas del Che Guevara, y en páginas intermedias, un deslucido recorte de periódico: la fotografía de Fidel Castro.
Pedro Claver Téllez es uno de los grandes cronistas colombianos. Nació en 1941, en Jesús María, Santander. A sus 77 años continúa ejerciendo el periodismo e investigando sobre los temas que lohan convertido en maestro: las vidas y el significado grandes bandidos; el origen y la realidad delmundo oscuro y furioso de las esmeraldas colombianas, así como la violencia bandolera entreliberales y conservadores de la mitad del siglo pasado en Colombia, predecesora de las guerrillascomunistas, los paramilitares y la conflagración de 60 años entre las FARC y el ELN contra el gobierno. Su firma ha estado en la mayor parte de los grandes medios escritos colombianos y endecenas de libros suyos que se mantienen en la actualidad y son reeditados por el valor históricoque encierran y la rica capacidad narrativa del autor. Esta crónica hace parte del libro de Téllez “Crónicas de la vida bandolera”, 1987.

